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Muestra Oficial · Primeros 3 Capítulos Íntegros

Ghosting Detective: El peso del aire

Por Alessandra Viel·Colección Resonancia

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Muestra de Lectura
Capítulo 1

La jaula del péndulo

*Punto de vista: Matilde Silva* El roce del pulgar de Isidora Vial contra el cristal templado de la pantalla de su teléfono celular producía un chasquido sordo, casi inaudible, que se repetía cada cuatro segundos con la regularidad de un reloj averiado. Matilde Silva no necesitó pedirle que dejara el aparato sobre la mesa de raulí de su consultorio en Providencia: el brillo azulado de la pantalla apagándose y encendiéndose reflejaba la danza espasmódica de unas pupilas dilatadas por el insomnio crónico y la abstinencia química. Hacía frío en Santiago aquella mañana de mayo. Afuera, los árboles de avenida Pedro de Valdivia desprendían sus últimas hojas secas sobre las veredas de adoquines, pero adentro del gabinete la calefacción central apenas lograba templar la rigidez con que la joven arquitecta e iluminadora escénica sostenía los hombros, como si esperara el impacto inminente de un vehículo a alta velocidad. —No se ha ido para siempre —dijo Isidora, y su voz sonó raspada, como si las cuerdas vocales hubiesen perdido la lubricación tras noches enteras de hablarle al aire en su departamento de Lastarria—. Ese es el problema, Matilde. Si me hubiera dicho que no me quería, si se hubiera acostado con otra persona y me lo hubiera confesado a la cara, o si me hubiera mandado un mensaje diciéndome que se terminó... yo estaría haciendo el duelo. Lloraría, me tomaría un frasco de flores de Bach, me iría a la playa con mis amigas y saldría adelante. Pero ella no se va. Ella se desvanece. Matilde mantuvo la pluma estilográfica suspendida a un centímetro del papel blanco de su cuaderno de notas. —Explíqueme la cadencia exacta de esos desvanecimientos, Isidora. Isidora soltó una exhalación temblorosa, apretando la cartera de cuero contra sus rodillas: —Llevamos diez meses en este péndulo. Todo empieza con una semana perfecta: Catalina aparece en mi estudio con dos cajas de orquídeas blancas, me lleva a cenar a ese restaurante de Alonso de Córdova donde todos los mozos le hacen reverencias, nos quedamos despiertas hasta las cinco de la mañana dibujando planos de luz para un pabellón imaginario en Venecia y en la cama... en la cama es una fuerza de la naturaleza. Me hace sentir que el resto del planeta es un decorado gris que solo existe para sostener nuestro encuentro. Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad: —Y al cuarto o quinto día, sin que haya mediado una discusión, una mala cara o una palabra fuera de lugar, yo le mando un mensaje por la mañana para preguntarle si quiere que pase a buscarla a la galería antes de almorzar. Un ticket gris. Dos tickets grises. Pasan tres horas. Seis horas. Doce horas. A la medianoche, su última conexión en WhatsApp desaparece y su foto de perfil se esfuma. La llamo: el teléfono suena apagado. Voy a la galería *Umbral* y su asistente me dice con una sonrisa de hielo que la señora Edwards está en una residencia de artistas en el extranjero o en una reunión privada de adquisiciones y que no tiene agenda disponible. —¿Y cuánto dura ese vacío? —preguntó Matilde con voz serena. —Tres semanas. Cuatro semanas exactas. Durante ese tiempo yo me vuelvo completamente loca, Matilde. Reviso cada palabra que le dije en la última cena, busco errores en los planos de iluminación que le mostré, pienso si habré sido demasiado intensa o demasiado distante. Me despierto a las tres de la mañana con el corazón latiendo a doscientos por minuto pensando si tuvo un accidente en la autopista. Pierdo el apetito, no puedo concentrarme en las licitaciones públicas, me encierro en el taller a esperar que suene el timbre. —Y cuando usted ya no puede más —intervino Matilde, articulando la mecánica inevitable del ciclo—, cuando el agotamiento le hace decir «basta, esto se acabó, voy a bloquearla yo también y a rehacer mi vida»... ¿qué ocurre? Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Isidora, dejando una huella brillante sobre su piel morena: —Reaparece. Como si el tiempo no hubiera transcurrido. Llega un martes por la tarde a mi estudio sin avisar, vestida con un abrigo de lana blanca impecable, me toma de la nuca con esa seguridad avasalladora que tiene, me planta un beso que me desarma las rodillas y me dice: «Perdóname, mi amor, me quedé sin aire en esta ciudad tan mediocre y necesité aislarme en la cordillera para pensar en nosotras. Mira lo que te traje: las entradas para el concierto en el Municipal y los pasajes para la feria de arte de Lima». Isidora se cubrió los ojos con ambas manos, quebrando la voz en un sollozo ahogado: —Y yo caigo. Caigo como una idiota porque el alivio de verla viva y tenerla cerca es tan inmenso que borra de golpe cuatro semanas de infierno. Me acuesto con ella, me embriago con su perfume, paso cuarenta y ocho horas en el cielo... y el domingo en la noche se vuelve a esfumar. Matilde apoyó despacio la pluma sobre la mesa y se acomodó los lentes de carey, mirando a la mujer con una compasión lúcida que no dejaba espacio para la autoinculpación. —Usted no es ninguna idiota, Isidora —dijo Matilde con firmeza clínica—. Usted está bajo los efectos de un secuestro neurobiológico provocado por lo que en psicología conductual llamamos *reforzamiento intermitente*. Es exactamente el mismo mecanismo que hace que las personas pierdan su patrimonio en las máquinas tragamonedas de los casinos: si la máquina nunca pagara, la persona se marcha a los diez minutos; si la máquina pagara siempre, la recompensa se vuelve predecible y aburrida. Pero cuando la recompensa se entrega de manera aleatoria, impredecible y tras largos períodos de frustración, el cerebro segrega dosis masivas de dopamina cada vez que la campana vuelve a sonar. Catalina Edwards no tiene fobia al compromiso, Isidora; tiene adicción a ser el casino. Isidora levantó la vista, desconcertada: —¿El casino? —Ella disfruta desapareciendo —sentenció Matilde con voz templada—. El verdadero orgasmo de Catalina no ocurre en la cama del hotel ni en las cenas de gala; ocurre en la soledad de su departamento cuando sabe que usted está en vela mirando una pantalla apagada, midiendo el tamaño de su propio ego en las lágrimas que usted derrama en el vacío. Si acepto su caso, no vamos a buscar la manera de que Catalina sea más constante. Vamos a destapar la tramoya de su juego sádico para que usted pueda recuperar su vida antes de que le cueste la cordura. Matilde observó con atención el lenguaje corporal de la arquitecta. Isidora vestía una parka técnica de corte sobrio en tono verde petróleo y botines de cuero desgastados en las puntas, la indumentaria habitual de los profesionales que pasan el día entre andamios, cables de iluminación y reuniones con maestros de obra. Sus manos eran fuertes, con callos sutiles en la base de los pulgares por el manejo de herramientas, pero en ese momento temblaban como hojas secas en otoño. —Dígame algo, Isidora —preguntó Matilde, inclinándose hacia adelante—. En esos diez meses, ¿hubo alguna vez en que Catalina le permitiera entrar a su círculo familiar, o conocer a sus amigos de infancia en Zapallar? Isidora bajó los ojos, avergonzada: —Nunca. Siempre me decía que su familia era conservadora, que el mundo del arte era un nido de víboras y que cualquier exposición pública de nuestra relación podía perjudicar las donaciones que recibía la galería. Me hacía sentir que éramos una sociedad secreta contra la vulgaridad del mundo. Y yo me sentía privilegiada por guardar ese secreto, como si fuera una medalla invisible. —La sociedad secreta es el disfraz más antiguo de la exclusión —sentenció Matilde con voz cálida y rotunda—. Porque cuando alguien te mantiene en la clandestinidad sin una justificación de seguridad real, no te está protegiendo de la sociedad: te está protegiendo de sus propios compromisos. Y cuando decide descartarte, no tiene que dar explicaciones a nadie porque formalmente nunca exististe. ---
Fin de la Muestra Gratuita

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