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Muestra Oficial · Primeros 3 Capítulos Íntegros

Ghosting Detective: No eres tú, es ella

Por Alessandra Viel·Colección Resonancia

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Muestra de Lectura
Capítulo 1

Dieciocho gramos exactos

*Punto de vista: Matilde Silva* La pantalla digital de la báscula de precisión oscilaba entre 18,1 y 18,2 gramos. Con un movimiento seco del pulgar, ajusté media muesca hacia la izquierda en la corona micrométrica del molino. El zumbido del motor cesó al instante, tragándose el último grano tostado antes de escupir un montículo fino y sedoso de café sobre el portafiltro de bronce. Olía a cacao amargo, a avellana tostada y a esa acidez frutal limpia que solo dan los microlotes colombianos de altura cuando el tueste no ha sido arruinado por la prisa. Nivelé la superficie con el canto del índice, apoyé el pisón metálico y dejé caer todo el peso del hombro con la memoria muscular de quien lleva dos años repitiendo el mismo gesto quinientas veces al día. Veinte kilos de presión exacta sobre el lecho de café. Ni un gramo más, ni un gramo menos. Al encajar el portafiltro en el grupo de acero de la máquina La Marzocco y presionar el botón de extracción, el manómetro subió en dos segundos a nueve bares de presión. Dos hilos densos, con el color y la textura del caramelo espeso, comenzaron a descender hacia la taza de cerámica blanca sin salpicar las paredes. Treinta y dos segundos para treinta y seis gramos de espresso líquido. Perfecto. Desde esa trinchera de acero inoxidable y vapor a ciento diez grados, yo dominaba el mundo. O al menos el único pedazo de mundo que me interesaba controlar: los sesenta metros cuadrados de piso de parqué crujiente de Café Grano Cero. Afuera, sobre calle Condell, el otoño santiaguino empezaba a desprender las primeras hojas secas de los plátanos orientales, arrojándolas contra los adoquines húmedos por la neblina matinal. El salón todavía estaba en esa calma tensa previa a las diez de la mañana. Dos señores mayores leían el diario en la mesa del ventanal con sus lentes de lectura afirmados en la punta de la nariz; una ilustradora con audífonos de diadema dibujaba en su tableta gráfica junto a la biblioteca de intercambio; y en la terraza, bajo el toldo verde oliva, una pareja joven tomaba desayuno en silencio, mirándose con esa distancia congelada que delata a dos personas que ya se dijeron todo lo que tenían que decirse y solo esperan la cuenta para separarse. Me sequé las manos en el delantal de lona negra y deslicé la mano bajo la barra, justo al lado de la gaveta de las comandas y los rollos térmicos de boletas. Mis dedos palparon la cubierta áspera de mi libreta de tapas duras. Era un cuaderno común y corriente, comprado por dos lucas en una distribuidora de calle San Diego, pero en sus hojas cuadriculadas descansaba mi verdadero oficio. Mientras servía capuchinos con corazones simétricos en la espuma y cobraba con la maquinita de tarjetas, mi cabeza seguía funcionando como la estudiante de noveno semestre de Psicología de la Universidad de Chile que alguna vez fui, antes de que mi vida se fuera al demonio. En la página cuarenta y tres tenía clasificados los apegos ansiosos del barrio: clientes que miraban la pantalla del celular cada veinticinco segundos exactos mientras fingían leer un ensayo; en la página cincuenta y uno, los narcisistas de corbata fina de las agencias de publicidad cercanas que hablaban por altavoz para que toda la barra se enterara de sus presupuestos millonarios; y en las últimas hojas, una tabla de correlación entre el tipo de leche vegetal que pedían y su nivel de tolerancia al desengaño. Observar la vida ajena desde la distancia segura del análisis racional era mi mejor invento. Era un impermeable perfecto: me permitía ser útil, sentirme brillante y recordar que los años en el campus Juan Gómez Millas no habían sido una pérdida total de tiempo, sin tener que poner un solo centímetro de mi propio corazón sobre el mesón. Nadie puede lastimarte si tú eres la que sostiene la ficha clínica. —¿Te vas a quedar mirando ese cuaderno todo el día o me vas a convidar de ese café nuevo? —la voz grave de Nicolás retumbó desde la puerta trasera de la barra, haciéndome dar un respingo leve. Cerré la libreta de un golpe suave y la empujé bajo el taco de comandas antes de alzar la vista. Nico salía de la tostaduría arrastrando un balde de acero lleno de granos enfriados. Con un metro ochenta y cuatro de estatura, hombros anchos de remero y una barba castaña recortada con prolijidad geométrica, Nico parecía sacado del catálogo de una marca nórdica de ropa de invierno. Llevaba una polera gris de algodón gastada, vaqueros rectos y un delantal de cuero sobre la cintura manchado de carboncillo. Olía a humo dulce, a arpillera y a leña de manzano. Físicamente era el tipo de hombre por el que la mitad de las clientas de Barrio Italia dejaban propinas desproporcionadas con la esperanza de que les sonriera al cobrarles; sin embargo, al apoyarse con los codos en la madera del mostrador, sus ojos almendrados tenían la sombra apagada de un perro apaleado. —Es Huila lavado, tueste medio claro —le dije, sirviéndole el espresso en un pocillo de greda—. Pruébalo antes de quejarte. Nico cogió la taza con sus dedos grandes, ásperos por cargar sacos de cincuenta kilos de café verde, y le dio un sorbo corto. Chasqueó la lengua contra el paladar, asintió despacio y dejó escapar un suspiro que le desinfló el pecho. —Está increíble, Silva. Sacaste notas a ciruela roja que yo no había pillado en la muestra de cata. Eres una bruja con las moliendas. —Ciencia aplicada, Nico. No hay magia en la física de fluidos —le respondí, apoyando los codos frente a él—. ¿Y esa cara de velorio? Supuse que hoy llegarías con cara de triunfo después de tu cita con Francisca. La arquitecta de Lastarria. La que según tú tenía «una conversación fascinante y le gustaba la arquitectura patrimonial». Nico bajó la mirada hacia el fondo de su taza vacía. Hizo girar la cerámica entre sus palmas con un movimiento mecánico, masticando las palabras como si le diera vergüenza sacarlas al aire. —Fue un desastre, Mati. Arqueé una ceja, buscando mi lápiz pasta con la mano derecha por puro reflejo profesional. —¿Habló de su ex en la cena? ¿Pidió sushi vegano y te obligó a pagar la cuenta completa? —Ojalá hubiera sido eso —Nico se pasó la mano libre por la nuca, frotándose la piel con una tensión evidente—. Comimos increíble en un bistró de calle Merced. Nos reímos dos horas seguidas hablando de nuestras familias, de sus proyectos en el cerro Santa Lucía, de mis viajes al sur a buscar café. Había onda, Mati. De verdad. Caminamos hasta su departamento y en la entrada ella se dio media vuelta, me tomó de la chaqueta y me dio un beso. Hice una pausa, intrigada por la ausencia de entusiasmo en su voz. —¿Y? —Y nada —soltó Nico con una sequedad que me heló la sangre—. Nada de nada. Se me congeló el estómago. Mis brazos se quedaron tiesos a los lados como si fueran dos postes de fierro. Cerré los ojos intentando sentir algo... una chispa, un escalofrío, las ganas de tocarla, lo que sea que siente la gente normal cuando besa a una mujer guapa y simpática. Pero no había nada, Mati. Era como estar besando una pared de yeso. Hizo una pausa amarga, tragando saliva con dificultad. —Ella se dio cuenta al tiro, obvio. Se separó, me miró con una mezcla de desconcierto y lástima, y me preguntó si le tenía asco o si estaba enamorado de otra persona. No supe qué responderle. Le balbuceé una estupidez sobre el cansancio de la tostaduría y me vine caminando a pata hasta acá. Pasé toda la noche mirando el techo de mi pieza, preguntándome qué carajo tengo roto en la cabeza. Sentí una punzada de incomodidad bajo el delantal. Nicolás era mi hermano de la vida; llevábamos diez años cubriéndonos las espaldas, desde que él estudiaba Ingeniería Comercial y yo me pasaba las noches leyendo a Freud y a Lacan en el patio de la facultad. Sin embargo, ante su dolor íntimo, mi mente recurrió al reflejo pavloviano de siempre: diagnosticar para no empatizar. En casa de herrero, cuchillo de palo. —Te estás pasando rollos, Nico —le solté con un ademán displicente de la mano, mientras enjuagaba una jarra de leche bajo la llave—. Llevas seis meses trabajando catorce horas diarias para pagar las cuotas del préstamo del banco. Estás con el cortisol por las nubes. El estrés crónico anula la dopamina y la oxitocina; no puedes pretender tener una erección o desear a alguien si tienes la cabeza metida en los números de fin de mes. Solo fue falta de química momentánea. El próximo fin de semana te presento a una amiga de mi hermana que trabaja en diseño. Nico alzó el rostro y me clavó una mirada cargada de una tristeza tan honda que me hizo detener el chorro de agua. —Llevas dos años diciéndome lo mismo, Matilde. Cada vez que salgo con alguien y no siento nada, me dices que es el estrés, que es la fatiga, que es la presión social. Tengo treinta y cuatro años. No estoy estresado: estoy vacío. Es como si todo el mundo viniera con un software instalado de fábrica para desear a otros cuerpos, y a mí se les hubiera olvidado ponérmelo. —Nico... —No me analices como a tus clientes de la libreta, Silva —me cortó con una voz suave pero tajante, señalando con la barbilla el cuaderno oculto bajo el mesón—. Tú usas tus teorías de psicología como un escudo antimisiles para no admitir que te da pánico volver a enamorarte desde que la cirujana te pateó en la calle, y a mí me usas para convencerte de que todos los problemas del mundo se arreglan con un diagnóstico de manual. Pero la realidad no cabe en tus comandas. El golpe dio justo en el centro de mi coraza. Sentí el ardor familiar subiéndome por el cuello; el fantasma de Sofía Becker —con su delantal blanco de jefa de urgencias y su desprecio quirúrgico diciéndome que yo no servía para nada más que para servir café— vibró en mi memoria somática. Apreté la mandíbula, lista para soltarle una réplica hiriente sobre su incapacidad para sostener el conflicto adulto, cuando el tintineo agudo de la campanilla de la puerta principal quebró la atmósfera. Un sollozo ahogado resonó en el salón. Ambos giramos la vista al unísono. Camila Oyarzún, la diseñadora de la agencia vecina que solía pedir té verde los martes por la tarde, acababa de entrar tambaleándose. Llevaba el abrigo desabotonado, el rímel corrido en dos franjas negras sobre las mejillas y el celular apretado contra el pecho como si fuera un escudo que ya no servía para detener los disparos. Cruzó el salón sin mirar a nadie y se dejó caer en la mesa más apartada de la terraza exterior, tapándose la cara con las dos manos mientras sus hombros temblaban por el llanto. Nico y yo nos quedamos en silencio unos segundos. Su mirada severa se transformó de inmediato en compasión fraternal; la mía, en cambio, sintió una descarga repentina de adrenalina analítica. —Ahí tienes a alguien que te necesita de verdad —murmuró Nico en voz baja, volviendo a coger su balde de granos enfriados—. Anda a ver qué le pasa. Pero hazlo con el corazón, Mati. No con el lápiz. No le contesté. Cogí una servilleta de papel, serví un vaso de agua tibia con una ramita de menta fresca y deslicé mi libreta negra en el bolsillo amplio de mi delantal. Salí a la terraza sintiendo el aire helado de la mañana en la cara. No sabía qué le habían roto a Camila, pero una cosa era segura: mientras pudiera descifrar los desastres de los demás, mi propia vida no tendría que dolerme. ---
Fin de la Muestra Gratuita

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