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FerrerBooksFicción de Género · Líneas WLW & MLM
FerrerBooks/Catálogo/Colección Resonancia
Portada oficial de Cláusula de convivencia
#Forced Proximity#Banter Eléctrico#Enemies to Lovers#Guerra Culinaria
Extensión:270 páginas
Formato digital:EPUB universal (Kindle/Kobo)
ISBN Oficial:978-956-6200-11-1
Entrega:Descarga e email inmediato
Comedia Romántica Contemporánea WLW

Cláusula de convivencia

Comedia Romántica de Proximidad Forzada & Banter Gastronómico

Por Maeve Holloway · Editorial FerrerBooks

Un error en un contrato de alquiler obliga a una crítica gastronómica implacable y a una chef experimental caótica a compartir cocina y vivienda durante el festival de primavera de Melbourne, desatando una guerra de recetas que termina en el corazón.

«No hay salsa en el mundo que camufle el desastre de enamorarte de tu peor enemiga a fuego vivo.»

— Cláusula de convivencia

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Arte promocional 1 de Cláusula de convivencia
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Cláusula de convivenciaMuestra Gratuita · Editorial FerrerBooks
Capítulo 1

La simetría del frío

La punta de iridio de la estilográfica se detuvo a medio milímetro del papel verjurado, suspendida en el aire con la firmeza de quien calibra un corte quirúrgico. Sobre el escritorio de roble oscuro de su apartamento en South Yarra, la pantalla de la computadora emitía una claridad blanca e inmaculada, proyectando las galeradas de la columna dominical de *The Metropolitan Review*. Margot Sterling no tachó una sola palabra; reemplazó un adjetivo por otro con un movimiento sobrio de los dedos, midiendo la cadencia de la frase como si ajustara las pesas de una balanza de precisión. A través de los ventanales de doble acristalamiento, la bahía de Melbourne amanecía bajo una gasa de niebla plateada que desdibujaba las grúas del puerto y los mástiles de los veleros atracados en la dársena, pero dentro de la estancia la temperatura se mantenía inmutable en veinte grados exactos. No había cuadros torcidos, ni tazas olvidadas, ni libros fuera de sus baldas de nogal: el orden geométrico era su trinchera contra la intemperie del mundo. El timbre del teléfono fijo rompió el silencio con dos timbrazos discretos. Margot descolgó sin apresurarse, acomodándose los anteojos de titanio sobre el puente de la nariz con la mano izquierda mientras sus ojos verdes continuaban repasando el tercer párrafo. —Dime, Eleanor. —Margot, por fin te encuentro —la voz de su editora de sección llegó acompañada por el tecleo frenético de la redacción central—. Acabo de leer la reseña sobre la apertura del bistró de Carlton. El texto es brillante, como siempre, pero el cierre sobre la emulsión de pato es una guillotina. El chef es un muchacho joven, formado en Lyon, y los propietarios han invertido medio millón de dólares en la remodelación del local. ¿No podrías matizar un poco la conclusión? Algo que deje abierta la puerta a la evolución de la carta. Margot sostuvo el auricular con suavidad, sin alterar el tono pausado y cristalino que sus lectores conocían desde hacía una década: —La condescendencia no es empatía, Eleanor. Adular una salsa cortada y disfrazar una falta elemental de técnica bajo la etiqueta de audacia juvenil es una estafa al comensal que paga doscientos dólares por sentarse a esa mesa. Si ese muchacho pretende dirigir una cocina en esta ciudad, debe aprender que el fuego no admite disculpas literarias. El texto va a imprenta tal como está redactado. Al colgar, una punzada sorda y familiar le latió en la base de la nuca. Margot cerró los ojos un instante y respiró despacio, contando cuatro tiempos antes de exhalar. Su prestigio internacional no se había construido sobre la simpatía ni sobre las comidas de cortesía con los empresarios del sector; se sostenía sobre una exigencia implacable que no perdonaba la desidia ajena ni toleraba la menor debilidad propia. Había levantado una reputación donde nadie podía sospechar que un elogio suyo tuviera precio, pero la factura de esa independencia era una soledad estricta, un apartamento donde jamás resonaban risas ajenas ni quedaban zapatos desordenados en el recibidor. El timbre del interfono sonó tres veces seguidas, con una urgencia que no encajaba con la tranquilidad matinal del edificio. Margot frunció el ceño, se puso de pie alisándose la falda del traje sastre de lana gris y caminó hacia el vestíbulo. Al descolgar, la voz del conserje sonó inusualmente formal: —Señora Sterling, disculpe la molestia tan temprano. Hay un mensajero del Departamento de Premier y Gabinete en la entrada. Trae correspondencia oficial de entrega en mano y requiere su firma inmediata. Dos minutos después, Margot sostenía sobre la mesa del comedor un sobre de papel grueso, sellado con lacre bermellón y el escudo estampado del Estado de Victoria. La carta, mecanografiada sobre membrete oficial y rubricada por la comisionada Gillian Thorpe, no solicitaba una reunión ordinaria ni proponía una mesa redonda: requería su comparecencia técnica a las once en punto de la mañana en la sala noble del Centro de Convenciones de Victoria Harbour para una misión de interés diplomático prioritario. Margot leyó los dos párrafos con detenimiento analítico. El gobierno estatal asumía la organización de la Cumbre del Pacífico, una cita que reuniría en Melbourne a delegaciones ministeriales de veintiún países para debatir tratados comerciales y de sostenibilidad marítima. El proyecto requería la redacción de un manifiesto conceptual que fijara la identidad gastronómica contemporánea de Australia, acompañado por la supervisión de un banquete de estado de doce tiempos. En la posdata, escrita a mano por la propia comisionada, una frase encendió todas sus alarmas: *«El menú ha sido confiado a la vanguardia botánica del estado, con base en fermentación espontánea, especies nativas y recolección silvestre. Necesitamos su autoridad ética para garantizar que la propuesta no descarrile antes de la llegada de los embajadores»*. Margot caminó hacia la cocina, encendió la cafetera de émbolo y vertió agua hirviendo sobre el café molido. El vapor denso y oscuro subió en una espiral que se disolvió contra el acero pulido de la campana. Fermentación espontánea. Botánicos nativos. Especies silvestres. De forma involuntaria, una ráfaga sensorial sepultada bajo cinco años de distancia deliberada le golpeó el diafragma con la fuerza de una ola fría. El aroma agudo a mirto limón machacado entre los dedos. El resplandor del sol poniente sobre una terraza de madera en Surry Hills. La risa insolente, descarada y tibia de una muchacha con delantal manchado de ceniza que le quitaba los anteojos en mitad de la noche para obligarla a mirar el mar sin intermediarios. Margot apretó los labios con fuerza, bajó el émbolo de cristal con un golpe seco y dejó la taza intacta sobre la mesada. —Basta —se dijo en voz alta, y su propia voz sonó extraña en el vacío de la vivienda. Caminó hacia el espejo de cuerpo entero del vestíbulo. Se acomodó el cuello de la camisa de seda blanca, se abrochó los dos botones superiores de la chaqueta y comprobó que su melena ceniza enmarcaba su rostro con una simetría impecable. Tomó su maletín de cuero, guardó el sobre lacrado junto a su libreta de tapas duras y cogió las llaves del vehículo. Se dijo a sí misma que aquello era un encargo institucional más, un trámite de prestigio que resolvería con su habitual frialdad analítica antes de regresar a la paz aséptica de su escritorio. Ignoraba que estaba a punto de cruzar la dársena para encontrarse de frente con el único incendio del que jamás había logrado escapar.

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