FerrerBooks
FerrerBooksFicción de Género · Líneas WLW & MLM
FerrerBooks/Catálogo/Colección Meridianos
Portada oficial de El astillero de las mareas brujas
#Aventuras Náuticas#Patagonia y Chiloé#Camaradería de Cubierta#Romance Litoral Intenso
Extensión:300 páginas
Formato digital:EPUB universal (Kindle/Kobo)
ISBN Oficial:978-956-6200-13-5
Entrega:Descarga e email inmediato
Sagas de Aventuras de Mar WLW

El astillero de las mareas brujas

Aventura Marítima Austral & Carpintería de Ribera WLW

Por Millaray Astorga · Editorial FerrerBooks

En el astillero de marea de San Juan de Calen (Chiloé), la maestra carpintera Dominga Cárdenas y la buza de aguas gélidas Isidora Schenke unen fuerzas a bordo de la goleta La Voladora para cruzar la Boca del Guafo y rescatar la verdad antes de que la marea de sicigia borre toda prueba.

«El mar del sur no perdona a los marineros que dudan, pero sabe arropar a quienes se juran lealtad sobre las cuadernas.»

— El astillero de las mareas brujas

Precio Oficial eBook
$5.990 CLP
~ $6.99 USD
Sin intermediarios

Pago seguro internacional (Lemon Squeezy SSL)

Formato EPUB Universal: 100% compatible con tu Kindle (vía Send to Kindle), iPad (Apple Books), Android y Kobo.
Atmósfera & Universo Visual

El Mundo de la Novela

Piezas gráficas oficiales y escenas clave concebidas para la historia.

Arte promocional 1 de El astillero de las mareas brujas
Muestra de Lectura Oficial · Capítulos 1, 2 y 3 Completos

Comienza a Leer Ahora Mismo

Capítulos 1, 2 y 3 íntegros y sin recortes. Disfruta los primeros tres capítulos completos antes de adquirir tu copia.

El astillero de las mareas brujasMuestra Gratuita · Editorial FerrerBooks
Capítulo 1

El canto del mazo de luma

Dominga Cárdenas apoyó las dos botas en el travesaño inferior del banco de torsión, aferró con las tenazas de herrero el extremo humeante de la cuaderna de ulmo recién sacada de la caja de vapor y tiró hacia su pecho con toda la potencia de sus hombros. La fibra roja de la madera, ablandada a cien grados durante cuatro horas en agua de lluvia y corteza, gimió como un animal vivo al curvarse sobre la horma de pernos de hierro. —¡Un punto más a babor y métale la espiga antes de que el frío le endurezca el nervio, maestro! —ordenó Dominga por encima del siseo del vapor blanco que escapaba de la caldera de ladrillo—. ¡Si pierde media pulgada de flecha en el pantoque, esta lancha va a escorar hasta con brisa de estero! Al otro lado del potro de madera, Bastián Chodil encajó de un golpe seco de mandarria el pasador de retención que dejó la pieza aprisionada en su curva exacta. El viejo motorista y herrero se pasó el dorso del antebrazo manchado de hollín por la frente curtida, bajo la visera de su gorra azul marino, y soltó una risita grave que terminó en un suspiro de vapor. —Tranquila, capitana, que este ulmo salió del monte de Terao en menguante y obedece mejor que los aprendices —dijo Bastián, aflojando la quijada de la prensa mientras dos jóvenes carpinteras del taller aseguraban los sargentos de roble—. Déjelo enfriar hasta la llenante de la tarde y va a quedar con más temple que una costilla de ballena. Dominga soltó las tenazas, se quitó los guantes gruesos de cuero crudo y dejó que el aire húmedo del Estero San Juan le refrescara las palmas ardientes. Tenía treinta y cuatro años, los antebrazos fibrosos cruzados en el derecho por la cicatriz blanca de una gubia juvenil, y el cabello castaño oscuro recogido en la nuca con una aguja de madera de alerce. Bajo sus pies, a través de las rendijas del entablonado de mañío del gran galpón, se veía correr hacia atrás el agua parda y verdosa de la vaciante de otoño, dejando al descubierto el limo negro, los racimos de choritos adheridos a los pilotes centenarios de luma y el olor espeso, salobre y ferruginoso de los canales interiores de Chiloé cuando el mar se retira a respirar. Sin concederse un minuto de tregua, Dominga tomó del cinturón su hierro de calafate y su mazo de madera de luma de cabeza acampanada, y se acercó al casco de nueve metros de una lancha chilota de cabotaje que descansaba sobre los picaderos centrales. Tomó de su hombro una trenza dorada de estopa de corteza de alerce, la presentó con el pulgar sobre la costura abierta entre la segunda y la tercera traca de ciprés de las Guaitecas, y descargó el primer golpe. *Tuc. Tuc. Clac.* El sonido del mazo de luma —esa madera tan densa y pesada que se hunde en el agua como si fuera piedra— llenó la bóveda de tejuelas del Astillero Cárdenas con su canto ancestral. Los dos primeros golpes eran sordos, hundiendo la fibra resinosa del alerce en la hendidura; el tercero, agudo y cristalino como una campana de bronce, avisaba a la mano de la calafateadora que la costura ya estaba preñada al límite y que un golpe más partiría el labio de la tabla. Había aprendido a escuchar esa nota a los ocho años, sentada sobre un cajón de virutas entre las piernas de su padre, don Efraín, y al lado de su hermana mayor, Marina. Entonces el galpón olía igual que hoy —a brea vegetal hirviendo en el caldero negro, a aceite de linaza crudo y a la resina limpia e incorruptible del ciprés de las Guaitecas—, pero había seis gradas ocupadas al mismo tiempo y los armadores de todo el archipiélago desde Ancud hasta Melinka hacían fila para encargar sus goletas en San Juan. Hoy, en cambio, cinco de las seis cunas de varada estaban vacías. En el fondo más alto del taller, donde no llegaba ni la pleamar de invierno, solo quedaban las sombras de las grandes plantillas de gálibo colgadas de las cerchas y el eco de un nombre que nadie en la ribera pronunciaba en voz alta sin bajar primero la vista: la *Estrella de Quinchao*. El ladrido áspero de los dos perros ovejeros en la rampa de ripio exterior cortó el compás de los mazos. Las dos aprendices que cepillaban una regala en el banco lateral detuvieron sus garlopas al instante. Por el portón carretero entreabierto hacia el camino costero no entraba el camión maderero de Dalcahue ni las mujeres mariscadoras de la caleta: acababa de estacionarse un automóvil todoterreno gris de carrocería continental, limpio de barro hasta en las llantas, con el emblema de la Gobernación Provincial y del Juzgado de Letras en la puerta. Dominga no bajó el mazo. Sintió que los músculos de la espalda se le tensaban bajo la camisa de franela como un cabo puesto al cabrestante. Del vehículo descendió un hombre de unos cuarenta años, envuelto en una gabardina impermeable negra y con zapatos de suela fina que buscaban con fastidio las piedras secas para no hundirse en el barro de conchuela. Traía bajo el brazo una carpeta metálica sellada y un rollo de carteles plásticos amarillos. Al entrar bajo el alero de tejuelas de alerce del galpón, arrugó la nariz ante el humo acre del caldero de brea y buscó con la vista una figura masculina a la cual dirigirse, caminando directamente hacia la fragua del rincón donde Bastián Chodil avivaba el carbón de espino. —Buenos días —dijo el funcionario con esa voz rápida y nasal de los tribunales del continente, sin quitarse los anteojos oscuros a pesar de la penumbra del taller—. Busco al encargado responsable del recinto Cárdenas e Hijas. Traigo cédula de notificación personal y orden de fijación de carteles de la liquidadora titular, doña Olimpia Krumm, por el expediente de ejecución hipotecaria cuatro-cero-ocho-Sur. Bastián Chodil ni siquiera levantó el martillo del yunque. Señaló con el mentón barbudo hacia el centro de la grada. —Aquí el único martillo que yo mando es el del fierro, señor —respondió el viejo motorista con calma pétrea—. La maestra mayor y dueña de esta ribera está detrás de usted. El receptor judicial giró sobre sus talones y se encontró a dos pasos de Dominga, que acababa de descender del tablón de andamio con el hierro de calafate en la cintura y el mazo de luma colgando de la muñeca derecha por la correa de cuero. El funcionario parpadeó al medir los hombros firmes de la mujer, la serenidad peligrosa de sus ojos color miel oscura y el silencio absoluto en que habían quedado las cuatro mujeres del taller a sus espaldas. —Doña Dominga Cárdenas —carraspeó el hombre, abriendo la carpeta metálica para proteger los folios de la llovizna fina que empezaba a colarse por el viento del sur—. Como consta en los autos del Tribunal Marítimo y de la Cámara Aseguradora del Pacífico Sur, habiéndose rechazado en última instancia el recurso de revisión sobre el siniestro de la nave *Estrella de Quinchao*, el plazo de gracia para cubrir las costas e indemnizaciones por vicio oculto de construcción vence este lunes a las nueve cero cero horas. Cada palabra caía sobre las virutas de ciprés como una gota de ácido. *Vicio oculto de construcción.* Esa era la mentira de cuatro palabras con la que habían enterrado a Marina en el mar sin cuerpo y con la que habían matado de un infarto a don Efraín seis meses después del fallo. —En aquel barco no hubo ningún vicio de construcción, señor receptor —dijo Dominga sin alzar el volumen de su voz, pero con una dicción tan limpia y cortante que el eco del estero pareció detenerse a escucharla—. La quilla de la *Estrella de Quinchao* la labramos mi padre y yo de un roble pellín de cien años sin un solo nudo, y las cuadernas de ulmo llevaban doble cabilla de luma y perno de cobre remachado a mano. Si el juzgado hubiera querido saber por qué se hundió mi hermana con seis mujeres de mar en el Golfo de Corcovado, habrían bajado a buscar el casco en lugar de firmar los papeles que les trajo el Consorcio Moraleda. En el rincón de la herrería, el sonido de las tenazas de Bastián Chodil golpeando involuntariamente contra el borde del balde de agua de temple rompió el silencio. Dominga no alcanzó a ver cómo el viejo herrero apretaba los dientes hasta blanquearle la barba entrecana ni cómo sus ojos negros caían con una sombra de angustia insoportable hacia el cajón de las válvulas viejas de bronce bajo el banco. El receptor judicial suspiró con impaciencia burocrática, sacando un bolígrafo y extendiendo el acta triplicada. —Yo no redacto los peritajes navales, señora Cárdenas; yo ejecuto los mandatos de la jueza instructora Olimpia Krumm. La magistrada Krumm arribó hoy mismo a Castro desde Puerto Montt para presidir el cierre quinquenal de causas marítimas el día lunes. Si usted me firma ahora el acta de entrega voluntaria y desocupación anticipada del inmueble y de las concesiones de playa, la Cámara Aseguradora ofrece condonar el diez por ciento de los intereses moratorios. De lo contrario, el lunes a las diez de la mañana entraremos con auxilio de la fuerza pública y grúas de demolición para despejar la ribera. Dominga miró la hoja blanca donde una cruz marcada con lápiz esperaba su nombre. Detrás de ese papel estaban los terrenos de marea que el Consorcio de Adriana Moraleda llevaba tres años intentando comprar a precio de ruina para instalar un muelle privado de barcazas industriales; pero, por encima de todo, firmar aquella entrega voluntaria significaba aceptar ante la historia del archipiélago que las manos de los Cárdenas habían mandado a la muerte a su propia sangre. —Guárdese su descuento y su bolígrafo —repuso Dominga dando medio paso al frente, de modo que el receptor tuvo que retroceder hacia el poste maestro del galpón—. Este astillero tiene título de merced ribereña desde mil ochocientos noventa y ocho. Mientras el reloj no marque las nueve de la mañana del lunes y los jueces de Valparaíso no hayan cerrado la audiencia, ni usted ni doña Olimpia Krumm son dueños de una sola astilla de este techo. —En ese caso —dijo el funcionario con un destello de rencor mezquino tras los cristales, desenrollando el cartel plástico amarillo con la leyenda en letras negras: *PROPIEDAD EN EJECUCIÓN POR SINIESTRO NAVAL* y sacando del bolsillo una engrapadora industrial de golpe—, la ley me faculta para precintar visiblemente la columna frontal del taller. El hombre levantó el brazo para clavar las grapas de acero directamente sobre el pilar maestro de alerce rojo de la entrada: el tronco sagrado donde estaban talladas a gubia las fechas y las líneas de calado de cuarenta y dos embarcaciones botadas por su abuelo, su padre y su hermana Marina. No llegó a tocar la madera. El brazo derecho de Dominga se movió con un relámpago de precisión artesanal. Tomó del banco contiguo la azuela curva de desbastar y, de un solo golpe seco de muñeca que pasó silbando a tres centímetros del puño de la gabardina del funcionario, hundió el filo de acero templado en el tablón de sacrificio lateral, levantando una lasca perfecta de mañío que cayó temblando sobre los zapatos lustrados del hombre. —En ese pilar están los nombres de mis muertos —le dijo Dominga en voz baja, con la mano apoyada aún en el mango de luma de la azuela y los ojos fijos en las pupilas dilatadas del receptor—. Deje la notificación sobre el banco de entrada y retire sus pies de mi grada antes de que el mar empiece a subir por la rampa, porque le aseguro que sus zapatos no sirven para nadar con corriente de seis nudos. El receptor judicial tragó saliva, dejó caer la copia de la cédula sobre la mesa de cepillado sin atreverse a levantar la engrapadora y caminó hacia atrás con prisa mal disimulada hasta alcanzar la puerta de su vehículo. —Queda legalmente notificada en rebeldía, señora Cárdenas —gritó desde el estribo del automóvil antes de dar un portazo y hacer patinar las ruedas sobre la grava húmeda cuesta arriba—. ¡El lunes a primera hora veremos si las azuelas sirven contra una orden de la Corte! El ruido del motor se perdió entre los arrayanes del camino bajo el primer chubasco grueso de la tarde. Dentro del galpón, ninguna de las jóvenes aprendices se movió hasta que Dominga respiró hondo, desclavó la azuela de un tirón limpio y pasó el pulgar por el filo para comprobar que no se había mellado. —Sigan con el calafateo de la banda de estribor, muchachas —dijo Dominga recuperando el tono sereno de todos los días—. Que la lluvia de afuera no ha pagado nunca un jornal. Solo cuando las garlopas y los mazos volvieron a sonar al fondo del barco, Dominga tomó el papel dejado por el receptor y caminó despacio hacia la fragua. Bastián Chodil estaba de espaldas a ella, echando agua con un cucharón de lata sobre las brasas de carbón de espino a pesar de que todavía faltaban dos horas para terminar la faena del día. Una nube de vapor gris y ceniza subió hacia las vigas, ocultando el rostro del viejo motorista. —Bastián —lo llamó ella en voz baja, apoyando el hombro contra el poste tiznado de la herrería—. Faltan seis días y en el banco de Castro no nos queda ni para cubrir la décima parte de la caución que puso esa mujer. El viejo herrero no se dio vuelta de inmediato. Sus manos enormes, con las uñas permanentemente negras por el hollín y el aceite quemado de cuarenta años de motores marinos, permanecían apoyadas sobre el borde frío del yunque, justo encima de la marca grabada a cincel que era su firma de artesano: dos espigas cruzadas sobre una letra C. —Yo tengo mis ahorros de la pensión de embarco y el terreno del alto de Quetalco, Dominga —murmuró Bastián con una voz tan ronca y apretada que parecía arrastrar piedras del fondo del estero—. Mañana mismo voy al notario de Dalcahue y lo pongo todo a nombre tuyo si con eso les paramos la mano una semana más. Dominga frunció el ceño, extrañada no por la generosidad del viejo —que había sido como un segundo padre para ella desde que murió don Efraín—, sino por el temblor casi imperceptible que sacudía el hombro izquierdo de Bastián bajo el delantal de cuero y por la forma en que evitaba mirarla a los ojos desde que el receptor pronunció el nombre de Olimpia Krumm y de la *Estrella de Quinchao*. —Tu tierra de Quetalco no se toca, viejo, antes quemo yo misma este galpón —respondió ella acercándose para ponerle una mano afectuosa en el brazo macizo; sintió bajo la tela que los músculos de Bastián estaban rígidos como hierro fundido—. ¿Qué tienes hoy, Bastián? Te tiembla el pulso desde que ese hombre entró por la puerta. Bastián retiró el brazo con una torpeza brusca, fingiendo buscar el atizador entre las herramientas colgadas, y por un instante sus ojos pequeños y oscuros se cruzaron con los de Dominga: había en ellos un abismo de pena antigua y de terror mudo que ella no supo descifrar. —No es nada, chiquilla... son los huesos viejos que sienten el cambio de luna —mintió él, señalando con el mentón hacia la boca del Estero San Juan, donde el agua seguía bajando más allá de las marcas habituales de las piedras negras—. Mira cómo se está vaciando el canal. Esta noche entra la luna nueva de equinoccio y vienen las mareas brujas más grandes de los últimos diez años. Cuando el mar de Chiloé baja tanto, Dominga, hasta las piedras que debían quedarse calladas para siempre vuelven a asomar la cabeza. ---

¿Quieres saber cómo continúa la historia?

Adquiere la edición completa oficial de El astillero de las mareas brujas en formato EPUB universal para seguir leyendo en tu lector digital favorito.

Tu Carro de Lectura

FerrerBooks · Entrega Digital Inmediata

Formato:eBook Digital (.EPUB universal)
Total a pagar:
$0 CLP
~ $0.00 USD

Procesado seguro por Mercado Pago · Webpay, CuentaRUT y Tarjetas Internacionales