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FerrerBooks/Catálogo/Colección Resonancia
Portada oficial de La ecuación del desorden
#Forced Proximity#Enemies to Lovers#Women in STEM#Banter Académico#Grumpy x Sunshine
Extensión:260 páginas
Formato digital:EPUB universal (Kindle/Kobo)
ISBN Oficial:978-956-6200-14-2
Entrega:Descarga e email inmediato
Comedia Romántica Contemporánea WLW

La ecuación del desorden

Una comedia romántica de partículas aceleradas y corazones en colisión

Por Maeve Holloway · Editorial FerrerBooks

Cuando una profesora de física de secundaria resuelve en ochenta y dos segundos el enigma del Gran Colisionador de Hadrones con un marcador verde y sus veinticinco alumnos rebeldes a cuestas, la jefa de operaciones más estricta del CERN se ve forzada a convivir con ella en un enredo científico donde el desorden resulta ser la única fuerza capaz de alinear sus corazones.

«Dos haces de protones a la velocidad de la luz no son soldados acorazados: son exactamente iguales a dos personas saltando a la cuerda doble en el recreo de un colegio.»

— La ecuación del desorden

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La ecuación del desordenMuestra Gratuita · Editorial FerrerBooks
Capítulo 1

El recuento de las cabezas

Silvia atrapó al vuelo una mochila de lona deshilachada antes de que rodara bajo las ruedas de acero del tranvía número catorce, en la estación central de Ginebra. Con la otra mano, aprisionó contra su cadera la carpeta plastificada donde las reservas del albergue juvenil, los billetes de transporte colectivo y una lista arrugada de veinticinco nombres parecían haberse encogido tras diez horas interminables de travesía en tren. A su alrededor, el andén hervía con la pulcritud metódica de los ejecutivos suizos que arrastraban maletines de cuero fino sobre el pavimento de granito sin rozar a nadie, esquivando con una mueca de educada reprobación a la pequeña tormenta tropical que acababa de desembarcar en su ciudad: maletas de colores chillones con ruedas trabadas, abrigos a medio abrochar y tres alumnas de diecisiete años que debatían a voz en cuello si el cambio de divisa les permitiría comprar tabletas de chocolate blanco antes de llegar a Meyrin. —¡Veintitrés, veinticuatro...! ¡Félix, me falta uno! —gritó Silvia, girándose sobre sus talones con una presteza elástica mientras esquivaba los cordones desatados de un muchacho que tropezaba con su propia bufanda. Félix Morales emergió de entre la marea de viajeros con la parsimonia imperturbable de quien ha domesticado suficientes tempestades adolescentes como para no perder los estribos ni ante una amenaza de evacuación. Sostenía en una mano un vaso térmico humeante de café solo y en la otra un paquete recién abierto de galletas de canela. Con un ademán lento de la barbilla, señaló hacia una máquina expendedora situada a veinte metros, junto a las escaleras mecánicas, donde Mateo Nieto aporreaba el cristal con el puño cerrado intentando recuperar una moneda atascada. Silvia soltó un suspiro largo que le infló las mejillas, soplando hacia arriba para apartarse un mechón rebelde de cabello castaño que se negaba a permanecer dentro del moño sujeto con una pinza de carey. Enseñar física en un instituto público provincial no consistía en dictar teoremas pulcros desde una tarima elevada; consistía, sobre todo, en saber negociar el entusiasmo cotidiano en mitad del desorden más absoluto, recordando que la curiosidad humana se parece bastante a un grupo de bachilleres en una estación extranjera: dispersa, impredecible y con una tendencia natural a estrellarse contra las esquinas si nadie la guía con cariño. —Tómate media galleta, capitana —dijo Félix al colocarse a su lado, ofreciéndole el paquete con una sonrisa ancha que le arrugaba la barba corta—. Veinticinco salieron del colegio ayer al amanecer y veinticinco van a entrar esta tarde en ese templo del átomo. Aunque te advierto que Nerea viene leyendo en el teléfono que en el CERN tienen un portal abierto a otra dimensión y está decidida a sacarle una fotografía para sus redes sociales antes del almuerzo. Silvia mordió la galleta crujiente, sintiendo el calor reconfortante del azúcar y la canela disolverse en su lengua. Se ajustó la chaqueta de punto verde musgo, cuyos bolsillos deformados tintineaban con tizas blancas, dos borradores de espuma y un puñado de caramelos de menta. —Lo único que va a cruzar Nerea hoy es la puerta del tranvía hacia la frontera francesa —respondió Silvia, con una risa contenida que le encendió dos chispas doradas en el fondo de los ojos avellana—. Llevo dos meses organizando rifas escolares y vendiendo pasteles en los recreos para que estos chicos vean con sus propios ojos el corazón de la materia; si pierdo a Mateo antes de la visita guiada, el director me degrada a vigilar los pasillos durante los exámenes de recuperación de septiembre. Avanzó con paso rápido hacia la máquina expendedora, tomó al muchacho por el asa de la mochila sin brusquedad y le dio una palmada cariñosa en la nuca: —Deja en paz a la máquina suiza, Mateo. Si rompes ese panel de vidrio, te pongo a calcular la trayectoria balística de tu moneda durante todo el trayecto en tranvía. A la fila, ahora mismo. El vehículo verde y blanco se detuvo junto a la acera con un chirrido impecable de frenos neumáticos. Silvia alzó la carpeta plastificada en el aire, utilizando la voz clara y musical que había perfeccionado tras siete años de lidiar con aulas abarrotadas. En menos de un minuto, dividió al grupo en parejas ordenadas, dejando que Félix vigilara la puerta trasera mientras ella se plantaba en la delantera, contando cabezas con toques suaves de la carpeta sobre las coronillas según iban subiendo los escalones. Al subir el último peldaño, el tranvía arrancó con una aceleración suave que apenas desbalanceó a los pasajeros. Silvia se sujetó a la barra metálica cromada y miró a través del ventanal. Más allá de los tejados grises de Ginebra y de los sauces llorones que bordeaban el cauce del Ródano, la silueta nevada y colosal del macizo del Jura se recortaba contra un cielo plomizo cargado de aguanieve. Debajo de esas praderas alpinas y de los bosques de abetos que separaban Suiza de Francia, a cien metros bajo la roca caliza, descansaba el anillo subterráneo de veintisiete kilómetros de imanes superconductores. Una punzada eléctrica, una vibración matemática antigua que creía haber sepultado bajo diez años de tizas escolares y exámenes de cinemática elemental, le recorrió la espina dorsal como una descarga estática. Durante una década se había prohibido a sí misma mirar hacia los grandes centros de investigación de élite, temerosa de reabrir la herida amarga de su juventud, cuando descubrió que en los altares de la ciencia internacional la gloria se compraba con traiciones y patentes robadas. Había elegido la enseñanza pública para salvar su alma, para mantener la física pura como un juego desinteresado y limpio. Sin embargo, estar tan cerca del pulso del colisionador más potente del planeta le despertaba en el pecho un cosquilleo insensato, un hambre de verdad cósmica que ninguna rutina pedagógica había conseguido apagar del todo. Las puertas del tranvía se cerraron con un chasquido neumático. Silvia repasó la fila con la mirada: los veinticinco estaban sentados o agarrados a las barras, riendo en voz baja mientras Félix repartía caramelos para evitar que se marearan. Apoyó la cabeza en el cristal frío de la ventanilla, respirando el aroma a café y a lluvia que entraba por las rejillas de ventilación. Creyó, con la inocente confianza de quien ha superado el primer obstáculo de una excursión, que lo más difícil de la jornada ya había quedado resuelto entre el andén y las maletas. No sospechaba que a solo ocho kilómetros de allí, en una sala subterránea blindada donde cuarenta doctores en ciencias batallaban contra el colapso inminente de un haz de protones, una pizarra blanca aguardaba en silencio la llegada de un marcador verde que cambiaría para siempre el compás del universo.

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