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FerrerBooks/Catálogo/Colección Resonancia
Portada oficial de La memoria del agua
#Second Chance Romance#Forced Proximity#Viticultura Heroica#Slow Burn Maduro#Afectos Sin Clichés
Extensión:260 páginas
Formato digital:EPUB universal (Kindle/Kobo)
ISBN Oficial:978-956-6200-15-9
Entrega:Descarga e email inmediato
Novela Romántica Contemporánea & Drama Emocional WLW

La memoria del agua

Una novela sobre el regreso, las promesas del pasado y el amor que resiste al tiempo

Por Alessandra Viel · Editorial FerrerBooks

En las laderas empinadas del Valle del Río Silente, las viñas centenarias de garnacha agonizan bajo tres años de sequía. Cuando una comitiva de la confederación hidrográfica llega para precintar el azud y recortar el riego, la enóloga Renata Solís se encuentra cara a cara con Clara Arrieta: la ingeniera brillante que fue su primer amor de juventud antes de que la distancia las separara sin una despedida. Obligadas a recorrer juntas los quince kilómetros del cañón fluvial para salvar la cosecha, ambas descubrirán que el agua no olvida y que una vida levantada sobre la renuncia nunca es suficiente.

«El agua no guarda rencor; simplemente avanza por donde la dejan pasar. Somos nosotras las que nos empeñamos en levantar muros contra la corriente.»

— La memoria del agua

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Piezas gráficas oficiales y escenas clave concebidas para la historia.

Arte promocional 1 de La memoria del agua
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La memoria del aguaMuestra Gratuita · Editorial FerrerBooks
Capítulo 1

«La sed de la garnacha»

El sol de mediodía se derramaba sobre las terrazas de pizarra como una llaga abierta, calcinando el suelo y retorcendo el aire en oleadas visibles. El calor no era un elemento; era un personaje más, implacable y silencioso, que se aferraba a la piel con garras invisibles. Las avispas zumbaban con una letal melopea, sus cuerpos dorados trazando espirales caóticas entre los racimos de garnacha tintorera, ahora deshidratados y arrugados como piel de anciano. El viento no llegaba; todo parecía paralizado bajo el peso del agosto, incluso las sombras parecían rehuir la superficie quemada de las lajas. Renata Solís caminaba con paso uniforme, lento pero firme, su moño de cabello oscuro—que en otro momento habría sido elegante—ahora se deshacía en mechones sudorosos que le rozaban la nuca. La navaja curva brillaba a media luz, reflejando el horror de lo que sus ojos ya conocían: las hojas secas, casi carbonizadas, arrugándose como si llorasen; los racimos colgantes, más pesados que su propio cansancio, cuelgan como un desafío a la esperanza. Sus dedos se flexionaron al tocar una vaina de hoja, y el crujido seco resonó en sus huesos. El polvo mineral del aire se incrustaba en cada poro, llevando consigo el olor ácido de las uvas partidas, la fermentación prematura que escapaba en vaharozas inquietantes. Un pájaro graznó lejos, y el sonido pareció ahogarse en la densidad del momento. Renata se detuvo, apoyando una mano sudorosa contra la pizarra caliente; su palma absorbió el calor como si fuera un juramento silencioso. La tierra no gemía, pero sus raíces hablaban: había llegado el punto sin retorno. Un murmullo de hojas se elevó a sus espaldas—Julián, siempre vigilante, siempre ahí—pero ella no se volvió. No aún. Tenía que escuchar la voz del vino antes de permitirle a alguien más hacerlo por ella. El suelo de pizarra crujía bajo sus zapatos desgastados mientras Renata descendía hacia el cañón seco, la pesadez del aire empeorando con cada paso. La acequia maestra, ese río subterráneo que había llevado el sustento de generaciones, ahora era un lecho de lodo y caracoles putrefactos. Con una palanca de madera en las manos, apartó la compuerta de hierro oxidado—un gesto ritual que antes simbolizaba esperanza—anduvo como si abriera el vientre de la tierra. Una gota de agua negra y viscosa se filtró entre los dedos de su mano izquierda; un hilo frágil, casi imperceptible, que no traía alivio sino denuncia. Julián apareció en el ribazo como si hubiera nacido allí mismo, sus hombros cargados con garrafas de plástico transparente que brillaban bajo el sol. Sus ojos morenos, siempre alerta, se posaron primero en la compuerta y luego en su cara—una mirada que decía *lo sabías*. Sin palabras, extendió una mano hacia los restos del canal, donde las motobombas de los melocotoneros arriba habían dejado únicamente un rastro de fango. Renata no respondió; sus dedos se cerraron alrededor del mango de la palanca como si pudiera arrancar el caudal con fuerza bruta. —No queda ni para regar los caminos —murmuró, más para sí misma que para él. Su voz sonaba lejana, como un eco entre las rocas. Julián se acercó, dejando caer las garrafas en el suelo con un estampido metálico. Sacó una botella de agua del bolsillo y la sostuvo frente a ella—. Para ti —dijo, pero no era una ofrenda. Era una pregunta sin respuesta: *¿qué haremos cuando se acabe incluso esto?* El viento llegó entonces, o quizás fue el polvo que danzaba en la luz blanca del mediodía, y por un instante las sombras parecieron prolongarse hacia el cañón. Renata inhaló profundamente; su pecho subió como si intentara tragarse el peso de la tierra seca. No había tiempo para llorar. Solo para actuar—para defender lo que quedaba, aunque fuera con manos vacías. Julián soltó las garrafas con un chirrido metálico que resonó en el silencio del cañón. Sin mirarla, extendió la mano hacia ella; el paño era áspero, de lino retocado por el uso, y su tacto fue una promesa muda: esto no acababa aquí, no hoy. Renata lo tomó, sus dedos rozando los suyos en un contacto que hacía décadas había aprendido a leer como un lenguaje propio—una palabra sin palabras, una seguridad tallada en la piel. Se secó la frente con movimientos mecánicos, pero al levantar el paño, encontró las pupilas de Julián clavadas en sus manos, no en su cara. Era la mirada que compartían desde aquella noche de tormenta cuando los vientos habían arrancado el techo del granero y él había llevado a Inés sobre sus hombros como si fuera un regalo sagrado. La casa solariega apareció entonces, una masa oscura contra la luz blanca del mediodía—sus paredes de pizarra grises, su tejado inclinado como si intentara esconderse del calor. Renata caminó hacia ella sin alivio, sus zapatos desgastados rechinando sobre el camino empedrado. Detrás de las ventanas abiertas, el aire vibraba con la melodía del lagar: un eco lejano de maderas golpeadas, de uvas amasadas bajo los pies de criados antiguos. Julián no se alejó; permaneció en el umbral del porche como si fuera parte del edificio mismo, su silueta tallada contra la luz. Y entonces, el sonido—ligero, desesperado—de una niña corriendo sobre las losas. Inés apareció envuelta en un vestido de algodón blanco que se adhería a sus caderas como un aura, su pelo negro y ondulado ondeando con cada zancada. En brazos llevaba una cesta de mimbre repleta de higos recién arrancados, cuya fragancia dulce colapsó el aire pesado del día. Pero no fue eso lo que detuvo a Renata en el umbral: fue la mariposa nocturna atrapada en un frasco de vidrio turquesa, sus alas opresas pegadas al cristal como si intentaran alcanzar algo inalcanzable. —Mamá—dijo Inés con una voz que era todo risas y amenazas—, mira esto. El abuelo dice que están muriéndose de sed… pero esta vuela. Renata se inclinó para tomarla en brazos, su cuerpo reaccionando antes que su mente: un abrazo fuerte, desesperado, que apretó la cesta contra el pecho de la niña como si fuera un escudo. La mariposa vibró dentro del frasco; sus alas tocaron el vidrio en una danza inútil, mientras Renata sentía los brazos de Julián cerrarse sobre su espalda con una suavidad que no era consuelo—era un recordatorio. Porque ahí, entre las sombras de aquel porche abandonado al sol, la verdad se asomaba como el río: no había agua para regar los caminos, ni para llenar los toneles del lagar, ni incluso para salvar a una mariposa moribunda dentro de un frasco. Solo quedaban las manos vacías y el peso interminable del mañana. El ladrido seco de los perros vecinos rompió el silencio como una cuerda tensa que alguien hubiera cortado con un cuchillo. Renata sintió cómo el aire entre sus hombros se comprimía; incluso Inés, abrazada a su pecho, dejó escapar un murmullo de miedo al reconocer la fuerza del eco. Antes de que pudiera identificar el motor, el polvo blanco ascendió en volutas desde las losas del camino, una nube espesa y despiadada que se posó sobre sus hombros como un lamento invisible. La camioneta vieja chirrió al frenar, su chasis oxidado protestando con cada suspensión agrietada. De entre el polvo emergió Mateo, sus botas de campaña rozando la tierra blanca en una danza que parecía ritualística. Llevaba la circular en la mano izquierda, pero era su mirada la que ya estaba diciendo las palabras: *no hay agua*. Julián se acercó al vehículo antes incluso de que Renata diera un paso; sus manos, cruzadas sobre el costado del camionero, tenían la tensión de una cuerda a punto de romperse. Mateo no habló inmediatamente. Se quedó allí, con las piernas separadas como si pretendiera anclar su cuerpo al terreno, mientras sus ojos recorrían el tejado de pizarra bajo el peso del sol. La camioneta parecía parte de la escena ahora: un objeto inanimado que había venido a testificar. —La Confederación —dijo por fin, con una voz que no era más alta que el susurro del viento— ha intervenido la cuenca. No vienen a mediar. Vienen a clausurar. Renata sintió cómo los músculos de su cuello se tensaban, como si algo invisible estuviera apretando desde dentro. Inés, en sus brazos, movió una pierna con un temblor que no era solo el del calor. Ahí, entre las sombras del porche y la luminosidad brutal del mediodía, el aire se cargó de un nuevo peso: no era el río el que había muerto, sino el tiempo mismo. La mariposa dentro del frasco vibraba ahora con una violencia casi audible, sus alas pegadas al vidrio como si intentaran alcanzar algo que ya no existía. Mateo se giró hacia los campos, donde las viñas marchitas se extendían como heridas sin curar. Su voz fue un susurro de desgaste: —Si cierran el azud comunal… no habrá ni una sola gota para nadie. Para arriba o abajo. El papel se deslizó por el borde del poste como una hoja marchita, su filo blanco contrastando con la madera oscura. Mateo lo clavó con un golpe seco que resonó en el silencio de agosto, y el viento lo agitó al instante, desplegando las letras negras sobre el sol implacable: *Inspectora Jefa Técnica, Confederación Hidrográfica del Valle*. Renata no necesitaba leer más. El nombre grabado en la esquina superior derecha de la circular —**Elena Vidal**— ya le quemaba las retinas antes incluso de que sus ojos se posaran sobre ella. Las palabras se desdibujaron bajo el peso del recuerdo: aquel verano de 2013, cuando Elena había sido su alumna en la escuela de ingeniería rural, una jovencita de brillantes ojos castaños y dedos que dibujaban mapas estelares sobre las mesas de madera. Ahora era un título, un sello impreso para condenar las raíces de esta tierra. Julián agarró el azadón como si fuera una espada, sus nudillos blancos en el mango huesudo. El metal se incrustaba en la tierra seca con cada movimiento brusco, dejando surcos que parecían grietas en un espejo roto. —¿Cómo pueden decidir esto desde un mapa? —gruñó, su voz ahogada por el eco de los perros ladrando a lo lejos—. ¿Qué saben ellos del río cuando no han caminado sus orillas como nosotros? Renata se enderezó, con las yemas de los dedos presionadas contra la circunferencia metálica del documento. El papel crujía bajo su palma, una promesa de sanciones administrativas, una amenaza de cerraduras sobre las tomas ancestrales. Pero no era el peso del papel lo que le oprimía el pecho: era el eco silencioso en la garganta de Inés, quien se aferraba a su brazo con un miedo demasiado viejo para nombrarlo. Con una respiración entrecortada, dobló el documento como si fuera una bandera enemiga y lo guardó en el bolsillo interior de su camisa. —No —murmuró, más para sí misma que para los demás. Sus ojos se clavaron en la distancia, donde las viñas marchitas se extendían como heridas abiertas—. No vamos a permitir que un papeleo convierta este valle en una tumba seca. La camioneta de Mateo parecía ya parte del paisaje, abandonada y desgastada. Pero Renata sabía que no era el vehículo lo que quedaba allí: era la sombra de Elena Vidal, su nombre arrancado del pasado como un clavo oxidado bajo una losa recién colocada.

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