Capítulo 1
El aliento del dragón
Lin Zhaoyan apoyó todo el peso de sus hombros contra la palanca de hierro forjado y empujó hacia abajo hasta que la compuerta de arcilla refractaria descendió tres dedos sobre la garganta del fuego. El Gran Horno Dragón del Norte rugió como una bestia encadenada a la que acabaran de cerrarle las fauces. A través de la mirilla circular de mica, la llamarada cambió de tono en cuestión de segundos: el amarillo voraz del aire abierto se ahogó en sí mismo, virando hacia un blanco anaranjado, espeso y hambriento, que buscaba dentro del barro de las vasijas el oxígeno que ella acababa de negarle desde afuera.
Mil doscientos ochenta grados. Ni diez más, que fundirían los pies de las urnas contra las placas de soporte, ni diez menos, que dejarían crudo el esmalte de ceniza y cinabrio.
El calor radiante atravesó el delantal de cuero crudo de Zhaoyan, secándole de golpe el sudor en los pómulos cubiertos de polvo rojo. Bajo las suelas de sus botas de cáñamo, los cien metros de galería escalonada que trepaban por la pared del abismo kárstico vibraban con un pulso grave y continuo. Dieciocho cámaras de ladrillo ennegrecido por siglos de hollín ardían al unísono desde la base de la garganta hasta las chimeneas superiores, tragando cargas de pino resinoso y exhalando hacia el cielo encapotado de Yunzhou una columna de humo negro veteado de vapores dulces y metálicos.
—¡Cierren dos puntos las toberas de sotavento en la cuarta bóveda! —ordenó Zhaoyan por encima del bramido de la corriente térmica, haciendo girar la aguja de hierro que sujetaba su trenza húmeda para enganchar con ella el pasador de la cadena—. ¡El viento del norte está metiendo aire frío por la grieta del contrafuerte! ¡Si el tiro se oxigena antes de que el Maestro levante el sello, el cobre sangrará fuera de tiempo!
Tres aprendices adolescentes, con el rostro vendado con trapos húmedos empapados en vinagre para filtrar el humo de plomo, corrieron por la pasarela de piedra con cubos de lodo refractario. Zhaoyan no esperó a ver si sellaban las juntas. Aseguró el contrapeso de la compuerta con un nudo de artillero, tomó las tenazas largas de cuello de cisne y se descolgó de un salto elástico desde el estribo de mampostería hasta la plataforma inferior de extracción.
Allí abajo, donde el calor de las brasas se mezclaba con el aliento frío y sulfuroso que subía desde las profundidades de las Nueve Sombras, el Maestro Huo Yanshan aguardaba de pie frente al caballete de basalto.
Incluso con la espalda encorvada por cuatro décadas de oficio y el pecho ancho cubierto por un peto de fieltro chamuscado, la figura de su padre adoptivo imponía un silencio reverencial entre los *Hijos del Hollín*. Sobre el disco de piedra giratoria reposaba una urna *Hunping* de medio metro de altura, recién extraída de la cámara lateral de templado. La porcelana aún brillaba con un resplandor cereza translúcido, como si guardara un corazón de magma líquido tras sus paredes de apenas dos milímetros de espesor. En la corona de la vasija, modeladas con una precisión que ningún otro alfarero de la provincia podía igualar, doce pequeñas aves de barro aguardaban el último trazo del punzón de bronce que cerraría el trigrama de contención espiritual.
Sin embargo, Zhaoyan no miró la urna. Sus ojos color ámbar tostado fueron directos a las manos del anciano.
Bajo el borde del delantal de cuero, los dedos anular y meñique de la mano derecha de Huo Yanshan permanecían contraídos en una garra rígida, y los músculos entre el pulgar y el índice mostraban esa hendidura hundida y blanda que había empeorado desde el comienzo del invierno. El anciano sostenía el mango de hueso del punzón apretándolo contra la palma con los tres dedos útiles que le quedaban, apoyando el codo contra las costillas para disimular el temblor fino que le recorría el tendón radial.
—Te demoraste en la tercera mirilla, pequeña —murmuró Huo Yanshan sin volver el rostro, con aquella voz ronca por el humo y apacible como la grava de un río—. Casi pensé que te habías puesto a discutir otra vez con los ladrillos de la bóveda.
—Los ladrillos escuchan mejor que ciertos inspectores, padre —replicó ella en el mismo tono bajo, colocándose a su izquierda con las tenazas listas para sujetar la base candente de la pieza—. Además, los ladrillos no cobran impuestos por respirar.
A diez pasos de distancia, sobre el balcón elevado de madera de hierro donde el calor ya no quemaba las suelas ni empañaba los brocados, el supervisor fiscal Deng golpeó la barandilla con el extremo de su tablilla de bambú lacado. A sus espaldas, dos guardias del Tribunal de Laca Roja mantenían las lanzas de hoja curva apoyadas contra el hombro, con las máscaras de seda carmesí cubriéndoles la nariz para no inhalar el hedor de las fosas.
—¡Menos murmullos ahí abajo, Maestro Huo! —ladró el supervisor Deng, abanicándose con desdén el cuello empolvado—. La Cancillera Mu Liancheng exige que el lote de contención del sector norte quede registrado antes del cambio de guardia. Si esa vasija se agrieta al enfriar o el sello trigramático presenta una sola rebaba, descontaré tres décimas de la cuota de mijo y leña de toda su barraca. ¡Y ustedes saben bien que el Tribunal no admite apelaciones por torpeza senil!
Zhaoyan sintió que la sangre le golpeaba las sienes con un latido más caliente que la boca del horno. Sus dedos callosos se cerraron sobre los brazos de hierro de las tenazas con tanta fuerza que el metal rechinó. Quiso alzar la cabeza y escupirle a aquel parásito de túnica limpia que el vapor de cinabrio y carbonato de plomo que el Palacio les obligaba a fundir sin ventilación era lo que estaba devorando los nervios de los artesanos, pero el hombro robusto de Huo Yanshan rozó el suyo en una advertencia muda.
—El sello estará limpio antes de que se enfríe su té, noble supervisor —respondió el anciano, inclinando levemente la cabeza canosa con una dignidad tan serena que convertía la arrogancia del funcionario en un ladrido vacío. Cuando entreabrió los labios para tomar aire, la luz anaranjada de las brasas iluminó la delgada línea azulada que bordeaba sus encías: la huella indeleble del plomo acumulado en la sangre año tras año—. Zhaoyan, acerca el crisol de cinabrio y sostén el cuello de la pieza. La roca de abajo está inquieta hoy.
No era una metáfora. Antes de que Zhaoyan pudiera deslizar la horquilla de sujeción alrededor del pie de la urna, un estremecimiento subterráneo recorrió los cimientos kársticos de la garganta. Fue un golpe sordo, profundo, acompañado de un suspiro de aire helado que brotó por las fisuras del drenaje inferior y trajo consigo un olor a cieno antiguo y metal oxidado. En la repisa de trabajo, el cuenco de barro que contenía el esmalte fundido de sulfuro de mercurio y ceniza de hueso vibró en ondas concéntricas de color sangre.
—Aguas abajo el noveno nivel vuelve a empujar —susurró Zhaoyan entre dientes, clavando los talones en las losas engrasadas de hollín para estabilizar el caballete—. Apóyate en mi antebrazo, maestro. El humo está espeso y los guardias tienen el sol de frente. No verán nada.
—Aún puedo trazar un trigrama de agua y montaña, muchacha —dijo él con una sonrisa cansada que no llegó a sus ojos oscuros—. No me quites el oficio antes de que me entierren.
Huo Yanshan sumergió la punta del punzón de bronce en el crisol hirviente. Una voluta de vapor rosado y pestilente se alzó de la pasta de cinabrio cuando el anciano llevó la herramienta hacia el labio incandescente de la urna *Hunping*. Los primeros cinco trazos del carácter ancestral fluyeron con la memoria muscular de cuarenta años de maestría: líneas firmes, hundidas medio milímetro en la arcilla reblandecida por el fuego, donde el mineral rojo se vitrificaba al instante con un siseo eléctrico.
El supervisor Deng se inclinó sobre la barandilla superior, entrecerrando los ojos como un cuervo a la espera de un tropiezo.
Fue en el sexto trazo, el gancho diagonal que debía cerrar la puerta del espíritu, cuando el nervio radial del brazo derecho de Huo Yanshan se apagó de golpe.
Zhaoyan lo vio ocurrir un instante antes de que la punta de bronce rasgara la pared de la vasija. Los tendones del dorso de la muñeca del anciano dieron dos sacudidas violentas e involuntarias y, acto seguido, la articulación entera se desplomó hacia abajo como un pájaro con el cuello quebrado. Una gota gruesa de esmalte de cinabrio a novecientos grados se desprendió del punzón y cayó directamente sobre los nudillos desnudos de los dedos anular y meñique de su padre.
Si el punzón resbalaba un solo dedo hacia la izquierda, rompería el labio de porcelana incandescente y la urna estallaría en mil fragmentos cortantes frente a los guardias.
Zhaoyan no pensó; su cuerpo se movió con la velocidad instintiva de quien ha crecido atrapando brasas en el aire. Con la mano izquierda mantuvo firmes las tenazas que anclaban la base de la vasija y, al mismo tiempo, giró el torso para interponer su espalda ancha entre el balcón del supervisor y el caballete, fingiendo ajustar la pantalla cortavientos de barro cocido. En ese mismo movimiento ciego, su mano derecha —cubierta de cicatrices blancas en forma de estrella— se deslizó por debajo de la muñeca caída de Huo Yanshan.
Sus dedos callosos envolvieron el hueso frío y tembloroso del antebrazo de su padre. Sin arrebatarle el punzón, Zhaoyan prestó la fuerza de sus propios tendones al pulso muerto del anciano: levantó la articulación vencida, corrigió el ángulo de la punta de bronce a media décima de segundo del desastre y tiró hacia arriba en un trazo limpio, profundo y vibrante que cerró el trigrama de contención con la exactitud de un corte de espada.
*Ting.*
Al contacto con el aire más fresco de la plataforma, el esmalte de la urna emitió el primer chasquido cristalino del craquelado perfecto. El color rojo sangre del sello se oscureció hasta adquirir el brillo bruñido del hierro viejo, atrapando la vibración del suelo dentro de la matriz cerámica.
Arriba, en la pasarela, el supervisor Deng chasqueó la lengua con fastidio al no encontrar motivo de castigo, estampó el sello de hueso en su tablilla de registro y dio media vuelta haciendo ondear su capa limpia.
—Lote validado —anunció secamente mientras se alejaba hacia las escaleras de piedra escoltado por las lanzas curvas—. Mañana al alba bajarán las nuevas cuotas del Concilio. ¡Más les vale tener despejada la galería principal!
Zhaoyan no soltó el brazo de su padre hasta que el eco de las botas claveteadas se perdió más allá del arco de humo. Solo entonces dejó caer las tenazas sobre el banco de piedra con un estrépito seco y tiró de la mano derecha de Huo Yanshan hacia la luz rojiza de la mirilla.
Sobre la piel cetrina y arrugada de los dedos anular y meñique del anciano, la gota de esmalte de plomo y cinabrio se había solidificado en una costra vítrea del tamaño de una moneda, rodeada de carne blanca y ampollada que olía a cuero quemado.
Huo Yanshan ni siquiera había parpadeado cuando la brasa líquida le mordió la piel. Miraba sus propios dedos con una expresión de extrañeza distante, como si pertenecieran a una estatua de barro ajena.
—Padre... —la voz de Zhaoyan se quebró en un hilo áspero mientras sacaba su cuchillo de desbastar para desprender con cuidado infinito la costra ardiente de la carne viva—. Te quemó hasta el tendón. Ni siquiera encogiste el hombro.
El viejo maestro suspiró, dejando caer el peso de su cuerpo contra el muro tibio del horno, y con su mano izquierda aún sana acarició la mejilla manchada de ceniza de su hija.
—Al menos el plomo tiene una cortesía, Zhaoyan —murmuró él con una calma que a ella le dolió más que cualquier grito—. Cuando termina de comerse los caminos del brazo, también se lleva el dolor. Rápido, véndame antes de que regresen los muchachos con el barro. No deben ver que el viejo dragón ya no tiene garras.
---
Capítulo 2
Escarcha en el Pabellón del Loto
El viento del amanecer descendía desde los picos nevados de Yunzhou con la limpidez de un cristal recién cortado, meciendo las ramas negras de los ciruelos en flor sobre el patio de jade blanco. Quinientos metros más abajo, ocultas bajo un mar espeso de nubes grises que ningún noble se dignaba contemplar, las gargantas de los hornos escupían su perpetuo aliento de ceniza; pero aquí arriba, en las terrazas del Pabellón del Loto de Cinabrio, el aire solo olía a nieve virgen, corteza de sándalo quemada en pebeteros de bronce y resina de pino helado.
El silencio de la cumbre se partió con un silbido agudo, casi inaudible, cuando la hoja de acero astral cortó la bruma matinal.
Gu Qingge giró sobre la punta de su bota de seda blanca sin levantar una sola mota de escarcha de las losas pulidas. Su espada recta de doble filo, *Shuanghua*, trazó un arco plateado que detuvo en el aire tres pétalos de ciruelo desprendidos por la brisa. Antes de que las flores tocaran el suelo, la onda de aliento interno que fluía desde el centro de su abdomen hacia la empuñadura redujo la temperatura del patio en cinco grados: una película de hielo translúcido envolvió cada pétalo en pleno vuelo, haciéndolos caer sobre el mármol con el tintineo diminuto de tres cuentas de vidrio.
Qingge sostuvo la postura final de la séptima forma durante el tiempo exacto de tres respiraciones profundas. Su brazo derecho permanecía extendido en línea recta con la clavícula; su mano izquierda, con los dedos índice y corazón unidos en el sello de contención, reposaba junto a la sien. Ni un solo mechón de su cabello negro, recogido en lo alto por la corona de jade blanco de Primera Inquisidora, se había salido de su sitio. Tampoco había sudor en su frente pálida. Desde niña le habían enseñado que el sudor y el jadeo eran signos de un espíritu turbio, residuos de una carne que aún no había aprendido a obedecer al frío.
—Tu séptimo corte se desvió el grosor de una hebra de seda hacia el norte, Qingge.
La voz no llegó desde las puertas de la galería, sino desde el corredor elevado cubierto por cortinajes de gasa carmesí que daba a la Cámara del Elixir Rojo.
Qingge recogió el aliento astral hacia sus meridianos en el acto, hizo girar la espada con un movimiento limpio de muñeca para encajarla en la vaina de laca blanca y se arrodilló sobre la piedra helada, uniendo los puños frente a su frente.
—La discípula saluda a la Matriarca Inmortal —pronunció con voz clara y serena, mientras el frío de la losa atravesaba la tela de su túnica sin arrancarle un estremecimiento—. Mi mente careció de quietud en el último giro. Acepto la corrección, maestra.
Los cortinajes de seda se abrieron sin que nadie los tocara, impulsados por una corriente tibia que olía intensamente a sulfuro de mercurio calcinado, loto seco y el ozono metálico que precede a las tormentas eléctricas de altura.
—Levántate y entra, niña mía —dijo Sheng Wuyin—. El hielo de los jardines es bueno para templar el acero, pero hoy necesito tu oído cerca de mi estrado.
Qingge ascendió los doce peldaños de madera de cedro lacada sin producir el menor roce de tela. Al cruzar el umbral del sanctasanctórum, el contraste térmico fue inmediato. Decenas de lámparas de aceite de sésamo mezcladas con polvo de cinabrio ardían en hornacinas de oro, proyectando un resplandor rojizo y denso sobre los tapices que narraban la fundación de Yunzhou nueve siglos atrás. Al fondo, sentada sobre el lecho de jade negro bajo un dosel de tres niveles, la Matriarca Inmortal contemplaba un pebetero de oro del que subía un hilo de vapor escarlata.
A simple vista, Sheng Wuyin aparentaba la plenitud soberana de una mujer de cuarenta años cuyas facciones hubieran sido talladas en marfil antiguo por un escultor incapaz de concebir la piedad o la vejez. Su cabello, blanco como la nieve de las cumbres más altas, caía en cascadas sujetas por horquillas de rubí y cinabrio cristalizado. Sin embargo, cuando Qingge se detuvo a tres pasos del estrado y alzó la mirada con el permiso de su señora, sintió una punzada silenciosa en el centro del pecho.
La Matriarca llevaba tres noches sin cerrar los párpados. Bajo la piel nacarada de sus sienes latían venas finísimas de un color carmesí casi negro, y alrededor de sus iris oscuros brillaba, más nítido y ancho que el mes anterior, aquel anillo de plata líquida que ningún médico de la corte se atrevía a mencionar en voz alta: la huella del mercurio alquímico saturando las cámaras del ojo.
Sobre su regazo, los dedos larguísimos de Sheng Wuyin, enfundados en protectores de uñas de oro filigranado, sufrieron un levísimo temblor rítmico cuando intentó tomar la copa de porcelana ritual. Antes de que el oro tintineara contra el borde, la Matriarca ocultó ambas manos dentro de la amplitud de sus mangas imperiales.
—Las piedras volvieron a cantar antes del alba, Qingge —murmuró Sheng Wuyin, inclinando el rostro hacia el suelo de cedro como si escuchara un oleaje subterráneo a través de quinientos metros de roca maciza—. ¿Lo oíste mientras danzabas con tu espada? Es un rasguño incesante, como diez mil uñas secas arañando el reverso del mundo. El noveno nivel se está adelgazando.
—Los informes de los vigías de la garganta media registraron un temblor menor hace media hora, Venerable Madre —respondió Qingge, manteniendo la espalda recta y la vista fija en el borde del estrado—. La Cancillera Mu Liancheng atribuye la inestabilidad al retraso en las entregas de urnas de sellado del sector norte y a los sabotajes en los puentes de suministro. Hace tres noches, una banda de insurgentes que se hace llamar *Las Brasas Rojas* interceptó dos carretas de mineral en el paso de niebla.
Sheng Wuyin dejó escapar una risa suave, musical y desprovista de alegría que hizo vibrar las campanillas de las lámparas.
—Mu Liancheng solo ve números en un ábaco de hueso, y esos gusanos del hollín solo ven el humo de sus propias barracas —dijo la Matriarca, poniéndose en pie con una lentitud etérea. Descendió los tres escalones del trono y se detuvo tan cerca de su discípula que el aroma ardiente y metálico de su túnica desplazó por completo el perfume de ciruelo de Qingge—. Ellos creen que un siglo es una eternidad porque sus cuerpos se pudren antes de que un pino crezca. Tú no, Qingge. Yo te saqué de las cenizas de la frontera norte cuando tenías siete años y la fiebre negra había devorado a todo tu linaje. Yo limpié tu sangre con mis propias agujas cada plenilunio para que nada mortal pudiera corromperte.
La mano derecha de Sheng Wuyin emergió de la manga y acarició la mejilla pálida de Qingge. Sus yemas estaban heladas y secas como la cáscara de una cigarra de jade, pero el pulso que latía en su muñeca golpeaba con una velocidad febril, desordenada y violenta.
A través de la seda de su túnica, sobre los omóplatos y a lo largo de la columna vertebral, las antiguas cicatrices plateadas de Qingge respondieron al contacto de su mentora con un latido fantasma de sumisión y reverencia. Aquella mujer era su salvadora, su madre espiritual y el pilar sagrado que sostenía el cielo sobre Yunzhou. Pensar siquiera que el temblor de sus dedos o la sombra de sus párpados eran signos de flaqueza le parecía a Qingge una traición imperdonable.
—Mi vida es un préstamo de sus manos, Venerable Madre —dijo Qingge con convicción absoluta, inclinando apenas el rostro hacia la palma de la Matriarca—. Donde usted señale con la mirada, allí caerá el filo de mi espada.
Los ojos anillados de mercurio de Sheng Wuyin se clavaron en los ojos grises de la joven con una intensidad posesiva y voraz, como quien se contempla en el único espejo limpio que le queda en una casa en ruinas.
—Pronto llegará el Eclipse de Ceniza, y las urnas pequeñas ya no bastan para acallar lo que despierta abajo —susurró la Matriarca, deslizándose de nuevo hacia el altar lateral para tomar un rollo de seda negra sellado con lacre de oro imperial—. He diseñado la obra definitiva de mis nueve siglos: el *Gran Vaso de los Diez Mil Suspiros*. Solo hay un alfarero en las fosas cuyas manos conocen la proporción antigua para levantar una bóveda cerámica de esa escala sin que colapse en el fuego: el viejo Huo Yanshan.
Sheng Wuyin depositó el rollo pesado sobre las palmas abiertas de Qingge. Al hacerlo, sus uñas de oro rozaron la muñeca de la inquisidora, dejando una marca helada en su piel.
—Bajarás hoy mismo a las Fosas de los Hornos Dragón junto a la Cancillera Mu —ordenó la Matriarca, y toda ternura se evaporó de su voz para dejar paso a una frialdad abisal—. Encuentra a los ladrones de *Las Brasas Rojas* y cuélgalos de los puentes para que el humo limpie sus huesos. Y vigila al Maestro Huo. Si sus manos vacilan, si el barro se rebela, o si sientes en tu pecho la más mínima sombra de lástima por esa casta nacida para arder... recuerda que una espada que se entibia deja de servir a su dueña.
—No habrá tibieza en mí, maestra —prometió Gu Qingge, cerrando los dedos en torno al edicto lacrado mientras la escarcha volvía a condensarse bajo el borde de su manto—. El *Gran Vaso* estará cocido antes del eclipse, aunque deba encender el horno yo misma.
---
Capítulo 3
Raíces de artemisa amarga
En el fondo del cuenco de gres desportillado, tres raíces nudosas de artemisa seca giraban lentamente sobre el agua oscura, desprendiendo hebras de vapor amargo que olían a tierra invernal y a corteza hervida. Una película de aceite de cártamo brillaba en la superficie como una mancha de cobre líquido bajo la llama vacilante del candil de sebo.
Lin Zhaoyan sumergió la venda de lino crudo en el caldo hirviente sin esperar a que se enfriara. Sus propios dedos, encallecidos por años de pellizcar bocas de horno y voltear ladrillos al rojo, apenas registraron el ardor del líquido cuando retorció el trapo para escurrirlo. Con un cuidado casi religioso, abrió la palma cetrina del Maestro Huo Yanshan sobre la mesa de pino y depositó el paño humeante a lo largo del dorso de su muñeca derecha, justo allí donde la quemadura del esmalte de cinabrio había dejado una llaga violácea sobre los tendones muertos.
El músculo interóseo entre el pulgar y el índice del anciano parecía el cauce seco de un arroyo. La piel se hundía sobre el hueso sin resistencia, y los dedos anular y meñique conservaban aquella curvatura rígida, inmóvil, que ni siquiera el calor húmedo de la artemisa lograba ablandar ya.
—Antes solías quejarte cuando ponía el agua demasiado caliente, viejo —murmuró Zhaoyan sin levantar la vista, presionando con el pulgar la base del antebrazo de su padre adoptivo para intentar despertar algún reflejo en el nervio radial—. Me decías que tenía manos de herrera y que quería cocerte vivo.
Sentado al otro lado de la estrecha mesa del barracón, con una manta de lana remendada sobre los hombros anchos, Huo Yanshan la miraba trabajar con sus ojos oscuros llenos de serenidad. Fuera de los postigos de madera, la lluvia ácida de la medianoche tamborileaba sobre los tejados de pizarra, mezclándose con el bramido lejano e insomne del Tercer y el Cuarto Horno Dragón.
—Y tú me respondías que el cuero viejo necesita hervor doble para ablandarse —dijo él con una sonrisa leve que arrugó su barba canosa. Con la mano izquierda, que aún conservaba fuerza aunque temblaba al sostener pesos pequeños, se sirvió un trago de té de cebada tostada—. No gastes más raíces de esas, Zhaoyan. Guárdalas para los aprendices que tienen tos de sílice.
—Las raíces son para ti, y te vas a quedar sentado hasta que termine de vendar los dos brazos —replicó ella con brusquedad, ocultando tras el ceño fruncido el nudo ardiente que le oprimía la garganta. Pasó la tira de lino por debajo de la palma de su padre y dio una vuelta firme alrededor de la articulación—. Mañana no bajarás a la plataforma de templado. Le diré al escribano del gremio que la fiebre del humo te derribó al amanecer. Yo misma firmaré el registro de cocción y vaciaré la segunda cámara. Si no respiras vapor de plomo durante dos semanas, el brazo izquierdo al menos dejará de adormecerse.
La sonrisa se borró del rostro curtido de Huo Yanshan. El anciano dejó la taza de barro sobre la madera con un golpe seco.
—Sabes muy bien lo que dice el cuarto artículo del edicto de la Cancillera Mu Liancheng, hija —dijo con voz grave—. Cuando se anuncia una inspección del Tribunal de Laca Roja, ningún maestro de fuego puede ausentarse de su banco sin que los médicos de la corte certifiquen su muerte. Si mañana al alba no estoy de pie junto a la mirilla principal, el supervisor Deng declarará demora maliciosa. Y sabes a quiénes sacan a latigazos a la plaza cuando el maestro falta.
Zhaoyan detuvo las manos sobre el nudo del vendaje. Lo llevaba grabado detrás de los párpados desde que tenía catorce años. Todavía podía oler el barro helado de la cuesta del Segundo Horno aquel mediodía en que Xiao Mei, su compañera de torno, resbaló con un cesto de caolín húmedo al paso de una comitiva celestial. El borde de su delantal gris apenas había dejado una mancha sobre la cortina de seda de una dama del Pabellón del Loto. Ni siquiera hubo gritos desde adentro del palanquín; solo una orden pronunciada con voz aburrida y el crujido húmedo de las mazas de hierro de los guardias al partirle las dos tibias a una niña de trece años frente a toda la cuadrilla arrodillada.
Desde aquel día, Zhaoyan había comprendido la única ley verdadera que regía Yunzhou: para quienes habitaban entre las nubes de jade blanco, los *Hijos del Hollín* no eran seres humanos, sino leña blanda. Y la leña simplemente se arroja al fuego hasta que no queda más que ceniza.
—No van a tocar a ninguno de los aprendices —dijo Zhaoyan en un susurro frío y cortante. Terminó de atar el cabo de lino y apoyó su frente durante un segundo contra el hombro robusto de su padre, aspirando aquel olor familiar a caolín limpio y cebada que había sido su refugio desde la infancia—. Tampoco dejaré que te obliguen a fundir el nuevo cargamento de cinabrio astral que viene del sur. Si abres una sola olla de ese veneno en caliente, en un mes no podrás ni sostener el cuenco de arroz.
—Zhaoyan... —Huo Yanshan intentó alzar su mano vendada para tocarle el cabello negro, con una súplica silenciosa en los ojos—. No hagas locuras en los puentes. Dicen que la Primera Inquisidora en persona bajará de la cumbre esta semana. La espada de escarcha de Sheng Wuyin no es como los guardias del supervisor Deng.
—Que baje con todas las espadas de su santuario —respondió ella, enderezándose mientras soplaba la mecha del candil para que el anciano descansara—. Aquí abajo la piedra resbala y el humo ciega a cualquiera que mire desde demasiado alto. Duerme ahora, maestro.
Esperó en la oscuridad hasta que la respiración de Huo Yanshan se volvió profunda. Entonces, sin hacer crujir una sola tabla, Zhaoyan levantó la losa suelta junto al hogar apagado y extrajo el envoltorio de cuero donde guardaba su media máscara de hierro negro y las agujas de esmaltar templadas al fuego. Si el Palacio quería cinabrio para seguir envenenando las manos de su padre, tendría que ir a buscarlo al fondo del río subterráneo.
---