FerrerBooks
FerrerBooksFicción de Género · Líneas WLW & MLM
FerrerBooks/Catálogo/Colección Quimera
Portada oficial de El horno de las nueve sombras
#Romantasía Épica#Enemies to Lovers Ritual#Alquimia con Coste Metabólico#Cortes Astrales
Extensión:330 páginas
Formato digital:EPUB universal (Kindle/Kobo)
ISBN Oficial:978-956-6200-12-8
Entrega:Descarga e email inmediato
Romantasía Oriental Épica WLW

El horno de las nueve sombras

Romantasía Oriental Épica · Alquimia e Insurgencia WLW

Por Mei-Ling Zhou · Editorial FerrerBooks

En la Ciudadela Colgante de Yunzhou, mientras la Matriarca Inmortal pierde el juicio por el veneno del cinabrio, la piromántica rebelde Lin Zhaoyan y la Primera Inquisidora Gu Qingge deben unir su fuego terrenal y su escarcha astral para salvar las manos del último Maestro de los Hornos Dragón.

«El fuego de la forja no pregunta qué dinastía reza sobre sus cenizas; consume por igual la cobardía y el oro.»

— El horno de las nueve sombras

Precio Oficial eBook
$6.990 CLP
~ $6.99 USD
Sin intermediarios

Pago seguro internacional (Lemon Squeezy SSL)

Formato EPUB Universal: 100% compatible con tu Kindle (vía Send to Kindle), iPad (Apple Books), Android y Kobo.
Atmósfera & Universo Visual

El Mundo de la Novela

Piezas gráficas oficiales y escenas clave concebidas para la historia.

Arte promocional 1 de El horno de las nueve sombras
Muestra de Lectura Oficial · Capítulos 1, 2 y 3 Completos

Comienza a Leer Ahora Mismo

Capítulos 1, 2 y 3 íntegros y sin recortes. Disfruta los primeros tres capítulos completos antes de adquirir tu copia.

El horno de las nueve sombrasMuestra Gratuita · Editorial FerrerBooks
Capítulo 1

El aliento del dragón

Lin Zhaoyan apoyó todo el peso de sus hombros contra la palanca de hierro forjado y empujó hacia abajo hasta que la compuerta de arcilla refractaria descendió tres dedos sobre la garganta del fuego. El Gran Horno Dragón del Norte rugió como una bestia encadenada a la que acabaran de cerrarle las fauces. A través de la mirilla circular de mica, la llamarada cambió de tono en cuestión de segundos: el amarillo voraz del aire abierto se ahogó en sí mismo, virando hacia un blanco anaranjado, espeso y hambriento, que buscaba dentro del barro de las vasijas el oxígeno que ella acababa de negarle desde afuera. Mil doscientos ochenta grados. Ni diez más, que fundirían los pies de las urnas contra las placas de soporte, ni diez menos, que dejarían crudo el esmalte de ceniza y cinabrio. El calor radiante atravesó el delantal de cuero crudo de Zhaoyan, secándole de golpe el sudor en los pómulos cubiertos de polvo rojo. Bajo las suelas de sus botas de cáñamo, los cien metros de galería escalonada que trepaban por la pared del abismo kárstico vibraban con un pulso grave y continuo. Dieciocho cámaras de ladrillo ennegrecido por siglos de hollín ardían al unísono desde la base de la garganta hasta las chimeneas superiores, tragando cargas de pino resinoso y exhalando hacia el cielo encapotado de Yunzhou una columna de humo negro veteado de vapores dulces y metálicos. —¡Cierren dos puntos las toberas de sotavento en la cuarta bóveda! —ordenó Zhaoyan por encima del bramido de la corriente térmica, haciendo girar la aguja de hierro que sujetaba su trenza húmeda para enganchar con ella el pasador de la cadena—. ¡El viento del norte está metiendo aire frío por la grieta del contrafuerte! ¡Si el tiro se oxigena antes de que el Maestro levante el sello, el cobre sangrará fuera de tiempo! Tres aprendices adolescentes, con el rostro vendado con trapos húmedos empapados en vinagre para filtrar el humo de plomo, corrieron por la pasarela de piedra con cubos de lodo refractario. Zhaoyan no esperó a ver si sellaban las juntas. Aseguró el contrapeso de la compuerta con un nudo de artillero, tomó las tenazas largas de cuello de cisne y se descolgó de un salto elástico desde el estribo de mampostería hasta la plataforma inferior de extracción. Allí abajo, donde el calor de las brasas se mezclaba con el aliento frío y sulfuroso que subía desde las profundidades de las Nueve Sombras, el Maestro Huo Yanshan aguardaba de pie frente al caballete de basalto. Incluso con la espalda encorvada por cuatro décadas de oficio y el pecho ancho cubierto por un peto de fieltro chamuscado, la figura de su padre adoptivo imponía un silencio reverencial entre los *Hijos del Hollín*. Sobre el disco de piedra giratoria reposaba una urna *Hunping* de medio metro de altura, recién extraída de la cámara lateral de templado. La porcelana aún brillaba con un resplandor cereza translúcido, como si guardara un corazón de magma líquido tras sus paredes de apenas dos milímetros de espesor. En la corona de la vasija, modeladas con una precisión que ningún otro alfarero de la provincia podía igualar, doce pequeñas aves de barro aguardaban el último trazo del punzón de bronce que cerraría el trigrama de contención espiritual. Sin embargo, Zhaoyan no miró la urna. Sus ojos color ámbar tostado fueron directos a las manos del anciano. Bajo el borde del delantal de cuero, los dedos anular y meñique de la mano derecha de Huo Yanshan permanecían contraídos en una garra rígida, y los músculos entre el pulgar y el índice mostraban esa hendidura hundida y blanda que había empeorado desde el comienzo del invierno. El anciano sostenía el mango de hueso del punzón apretándolo contra la palma con los tres dedos útiles que le quedaban, apoyando el codo contra las costillas para disimular el temblor fino que le recorría el tendón radial. —Te demoraste en la tercera mirilla, pequeña —murmuró Huo Yanshan sin volver el rostro, con aquella voz ronca por el humo y apacible como la grava de un río—. Casi pensé que te habías puesto a discutir otra vez con los ladrillos de la bóveda. —Los ladrillos escuchan mejor que ciertos inspectores, padre —replicó ella en el mismo tono bajo, colocándose a su izquierda con las tenazas listas para sujetar la base candente de la pieza—. Además, los ladrillos no cobran impuestos por respirar. A diez pasos de distancia, sobre el balcón elevado de madera de hierro donde el calor ya no quemaba las suelas ni empañaba los brocados, el supervisor fiscal Deng golpeó la barandilla con el extremo de su tablilla de bambú lacado. A sus espaldas, dos guardias del Tribunal de Laca Roja mantenían las lanzas de hoja curva apoyadas contra el hombro, con las máscaras de seda carmesí cubriéndoles la nariz para no inhalar el hedor de las fosas. —¡Menos murmullos ahí abajo, Maestro Huo! —ladró el supervisor Deng, abanicándose con desdén el cuello empolvado—. La Cancillera Mu Liancheng exige que el lote de contención del sector norte quede registrado antes del cambio de guardia. Si esa vasija se agrieta al enfriar o el sello trigramático presenta una sola rebaba, descontaré tres décimas de la cuota de mijo y leña de toda su barraca. ¡Y ustedes saben bien que el Tribunal no admite apelaciones por torpeza senil! Zhaoyan sintió que la sangre le golpeaba las sienes con un latido más caliente que la boca del horno. Sus dedos callosos se cerraron sobre los brazos de hierro de las tenazas con tanta fuerza que el metal rechinó. Quiso alzar la cabeza y escupirle a aquel parásito de túnica limpia que el vapor de cinabrio y carbonato de plomo que el Palacio les obligaba a fundir sin ventilación era lo que estaba devorando los nervios de los artesanos, pero el hombro robusto de Huo Yanshan rozó el suyo en una advertencia muda. —El sello estará limpio antes de que se enfríe su té, noble supervisor —respondió el anciano, inclinando levemente la cabeza canosa con una dignidad tan serena que convertía la arrogancia del funcionario en un ladrido vacío. Cuando entreabrió los labios para tomar aire, la luz anaranjada de las brasas iluminó la delgada línea azulada que bordeaba sus encías: la huella indeleble del plomo acumulado en la sangre año tras año—. Zhaoyan, acerca el crisol de cinabrio y sostén el cuello de la pieza. La roca de abajo está inquieta hoy. No era una metáfora. Antes de que Zhaoyan pudiera deslizar la horquilla de sujeción alrededor del pie de la urna, un estremecimiento subterráneo recorrió los cimientos kársticos de la garganta. Fue un golpe sordo, profundo, acompañado de un suspiro de aire helado que brotó por las fisuras del drenaje inferior y trajo consigo un olor a cieno antiguo y metal oxidado. En la repisa de trabajo, el cuenco de barro que contenía el esmalte fundido de sulfuro de mercurio y ceniza de hueso vibró en ondas concéntricas de color sangre. —Aguas abajo el noveno nivel vuelve a empujar —susurró Zhaoyan entre dientes, clavando los talones en las losas engrasadas de hollín para estabilizar el caballete—. Apóyate en mi antebrazo, maestro. El humo está espeso y los guardias tienen el sol de frente. No verán nada. —Aún puedo trazar un trigrama de agua y montaña, muchacha —dijo él con una sonrisa cansada que no llegó a sus ojos oscuros—. No me quites el oficio antes de que me entierren. Huo Yanshan sumergió la punta del punzón de bronce en el crisol hirviente. Una voluta de vapor rosado y pestilente se alzó de la pasta de cinabrio cuando el anciano llevó la herramienta hacia el labio incandescente de la urna *Hunping*. Los primeros cinco trazos del carácter ancestral fluyeron con la memoria muscular de cuarenta años de maestría: líneas firmes, hundidas medio milímetro en la arcilla reblandecida por el fuego, donde el mineral rojo se vitrificaba al instante con un siseo eléctrico. El supervisor Deng se inclinó sobre la barandilla superior, entrecerrando los ojos como un cuervo a la espera de un tropiezo. Fue en el sexto trazo, el gancho diagonal que debía cerrar la puerta del espíritu, cuando el nervio radial del brazo derecho de Huo Yanshan se apagó de golpe. Zhaoyan lo vio ocurrir un instante antes de que la punta de bronce rasgara la pared de la vasija. Los tendones del dorso de la muñeca del anciano dieron dos sacudidas violentas e involuntarias y, acto seguido, la articulación entera se desplomó hacia abajo como un pájaro con el cuello quebrado. Una gota gruesa de esmalte de cinabrio a novecientos grados se desprendió del punzón y cayó directamente sobre los nudillos desnudos de los dedos anular y meñique de su padre. Si el punzón resbalaba un solo dedo hacia la izquierda, rompería el labio de porcelana incandescente y la urna estallaría en mil fragmentos cortantes frente a los guardias. Zhaoyan no pensó; su cuerpo se movió con la velocidad instintiva de quien ha crecido atrapando brasas en el aire. Con la mano izquierda mantuvo firmes las tenazas que anclaban la base de la vasija y, al mismo tiempo, giró el torso para interponer su espalda ancha entre el balcón del supervisor y el caballete, fingiendo ajustar la pantalla cortavientos de barro cocido. En ese mismo movimiento ciego, su mano derecha —cubierta de cicatrices blancas en forma de estrella— se deslizó por debajo de la muñeca caída de Huo Yanshan. Sus dedos callosos envolvieron el hueso frío y tembloroso del antebrazo de su padre. Sin arrebatarle el punzón, Zhaoyan prestó la fuerza de sus propios tendones al pulso muerto del anciano: levantó la articulación vencida, corrigió el ángulo de la punta de bronce a media décima de segundo del desastre y tiró hacia arriba en un trazo limpio, profundo y vibrante que cerró el trigrama de contención con la exactitud de un corte de espada. *Ting.* Al contacto con el aire más fresco de la plataforma, el esmalte de la urna emitió el primer chasquido cristalino del craquelado perfecto. El color rojo sangre del sello se oscureció hasta adquirir el brillo bruñido del hierro viejo, atrapando la vibración del suelo dentro de la matriz cerámica. Arriba, en la pasarela, el supervisor Deng chasqueó la lengua con fastidio al no encontrar motivo de castigo, estampó el sello de hueso en su tablilla de registro y dio media vuelta haciendo ondear su capa limpia. —Lote validado —anunció secamente mientras se alejaba hacia las escaleras de piedra escoltado por las lanzas curvas—. Mañana al alba bajarán las nuevas cuotas del Concilio. ¡Más les vale tener despejada la galería principal! Zhaoyan no soltó el brazo de su padre hasta que el eco de las botas claveteadas se perdió más allá del arco de humo. Solo entonces dejó caer las tenazas sobre el banco de piedra con un estrépito seco y tiró de la mano derecha de Huo Yanshan hacia la luz rojiza de la mirilla. Sobre la piel cetrina y arrugada de los dedos anular y meñique del anciano, la gota de esmalte de plomo y cinabrio se había solidificado en una costra vítrea del tamaño de una moneda, rodeada de carne blanca y ampollada que olía a cuero quemado. Huo Yanshan ni siquiera había parpadeado cuando la brasa líquida le mordió la piel. Miraba sus propios dedos con una expresión de extrañeza distante, como si pertenecieran a una estatua de barro ajena. —Padre... —la voz de Zhaoyan se quebró en un hilo áspero mientras sacaba su cuchillo de desbastar para desprender con cuidado infinito la costra ardiente de la carne viva—. Te quemó hasta el tendón. Ni siquiera encogiste el hombro. El viejo maestro suspiró, dejando caer el peso de su cuerpo contra el muro tibio del horno, y con su mano izquierda aún sana acarició la mejilla manchada de ceniza de su hija. —Al menos el plomo tiene una cortesía, Zhaoyan —murmuró él con una calma que a ella le dolió más que cualquier grito—. Cuando termina de comerse los caminos del brazo, también se lleva el dolor. Rápido, véndame antes de que regresen los muchachos con el barro. No deben ver que el viejo dragón ya no tiene garras. ---

¿Quieres saber cómo continúa la historia?

Adquiere la edición completa oficial de El horno de las nueve sombras en formato EPUB universal para seguir leyendo en tu lector digital favorito.

Seguir Descubriendo

Más Obras Recomendadas

Ver todo el catálogo

Tu Carro de Lectura

FerrerBooks · Entrega Digital Inmediata

Formato:eBook Digital (.EPUB universal)
Total a pagar:
$0 CLP
~ $0.00 USD

Procesado seguro por Mercado Pago · Webpay, CuentaRUT y Tarjetas Internacionales